ABADESA PRESIDENTA, 6-3-2017





M. Mª Kandida Saratxaga González
Abadesa Presidenta de la Congregación de Castilla
(22 de Mayo de 2013)
- Monasterio Sta. Ana de Lazkao -
    

Regla de San Benito 

 Cap. XLXIX

En 1926 Pedro Salinas escribía su primera obra narrativa con el sugerente título de Víspera del gozo. Título feliz que subrayaba de modo nítido un tema recurrente en su obra poética: su insistencia en la plenitud de la víspera.

En la vida, todos tenemos experiencia de momentos de espera de acontecimientos importantes, o de personas queridas, en los que la misma expectativa del gozo futuro, encierra ya una abundancia de alegría que solo existe apremiante en la víspera. Este momento penúltimo goza de una plenitud abierta, esperanzada, inconclusa, que colorea de alegría nuestra esperanza anhelante y nos preparamos en él con apariencia cuidada y digna.

Con esta misma sensación de víspera del gozo nos parece que san Benito escribió en su Regla el capítulo 49: De la observancia de la Cuaresma. Cuando nosotros decimos algunas veces, que la Cuaresma es una preparación para la Pascua, inconscientemente lo traducimos en una preparación hasta la Pascua. Como si la Pascua estuviese después de la Cuaresma y los preparativos espirituales que hacemos en Cuaresma fuesen temporales y acabasen el día de Pascua.

San Benito, sin embargo, no pierde nunca de vista en su observancia cuaresmal el gozo de la Pascua. Y se plantea la Cuaresma, por tanto, como la víspera del gozo y todos los preparativos espirituales (oración, don de lágrimas, compunción del corazón y privaciones) están bañados de expectativa del gozo que está viniendo, de la delicia apremiante del gozo futuro. Cada preparativo espiritual que hacemos  no son sacrificios ofrecidos en el altar de un dios, sino que encierran ya en sí el gozo de la Pascua.

Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. Por eso, añadamos en estos días algo a la tarea habitual de nuestro servicio, como oraciones particulares o abstinencia de comida y bebida, de modo que cada uno, con gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo sobre la medida establecida, esto es, que prive a su cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría del deseo espiritual

Los preparativos espirituales de la Cuaresma pueden ser fatigosos, pero no tristes. Porque la Cuaresma esta bañada del gozo de la Pascua. Porque toda la Cuaresma es en su identidad nuclear la víspera del gozo.


Cap. XX
 El cap. XX es uno de los más íntimos  y entrañables de la regla. En él, san Benito, después de haber reglamentado en los precedentes capítulos, la forma de la oración litúrgica de la comunidad, nos va a presentar ahora el talante interior de la misma oración: ¿con qué devoción debemos rezar las monjas?



Y comienza con una comparación: Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad… ( Pero aquí ya no dice con reverencia sino con) pura devoción


Y a continuación nos explica que entiende él por humildad y pura devoción: Y sepamos que seremos escuchados, no por hablar mucho, sino por la pureza de corazón y compunción de lágrimas.

La humildad es pues, la actitud de silencio ante Dios, al que no necesitamos hacer discursos porque todo lo ve y sabe lo que necesitamos antes de pedírselo y la devoción es la pureza de corazón y la compunción de lágrimas. La pureza de corazón y el don de lágrimas han estado siempre en la tradición monástica asociadas a la cumbre espiritual del monje perfecto. Casiano concibe la vida del monje como un camino en la búsqueda y posesión de Dios con dos fines, el primero es el que podemos alcanzar en esta vida y lo llama la pureza del corazón que sirve para alcanzar el otro fin, el que nos dará Dios en la otra vida y lo llama el Reino de Dios. A nosotros nos toca esforzarnos en el primero, en la pureza del corazón que implica la purificación total del espíritu y el desprendimiento de todas las cosas. Esa  pureza de corazón  que tiene su claro fundamento en Mt 5,8: Dichosos los de corazón limpio porque ellos verán a Dios


En cuanto al don de lágrimas o la compunción como bien lo define la etimología de la palabra, significa ser atravesado por algo punzante. De esta manera, se define la íntima experiencia del alma que percibe la gravedad de su pecado en relación con la inmensidad del amor divino y con la majestad de Dios. La compunción se experimenta como una herida punzante en el corazón: al ser herido, brota todo el veneno del mal, ablanda su dureza, infunde, junto con el dolor por el pecado cometido, un sentimiento profundo de paz, de alivio, un humilde y amante reconocimiento de nuestra indignidad frente al indecible amor divino.

Estamos, pues, en momentos místicos que sólo puede prolongar Dios: Por eso la oración debe ser breve y pura, a no ser que se prolongue por un afecto inspirado por la gracia divina. Momentos cumbres de oración fruitiva, de intimidad gozosa con el Señor...


Y sin embargo hay otro valor mayor que el gozo y el afecto en la oración: el orar todas juntas: Pero en comunidad abréviese la oración en lo posible, y cuando el superior dé la señal, levántense todos juntos. San Benito comprende que cuando estemos rezando juntas  no vamos a tener el mismo grado de devoción, de afectos espirituales, de toques de la palabra de Dios, de pureza de corazón y de compunción del corazón, todas y al mismo tiempo. Por eso como siempre nos recuerda, que en comunidad el paso lo marca el último. Se trata de rezar todas juntas al mismo tiempo, las que tienen mucha devoción y las que tienen menos.


Ojala, el Señor nos haga gozar muchas veces la dulzura de sus toques afectuosos en la oración, pero sin olvidar que nuestra oración no puede encerrarse en nosotras mismas, tiene que estar siempre en armonía con mis hermanas.


cap.7, 1-4

Clama, hermanos, la divina Escritura diciéndonos: "Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado" (Lc 14,11). 2 Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. 3 El Profeta indica que se guarda de ella diciendo: "Señor, ni mi corazón fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando grandezas ni maravillas superiores a mí." 4 Pero ¿qué sucederá? "Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre" (Sal 130,1s).

Como ya os he dicho muchas veces cada capítulo de la regla de san Benito comienza con una cita de la Escritura que sirve de fundamento a lo que luego va a desarrollar. Pues bien, estos primeros versículos del capítulo VII de la humildad son un compendio de lo que san Benito entiende por humildad. En efecto, el camino de la humildad viene presentado como un doble movimiento paradójico de elevación y descenso: Todo el que se ensalza será humillado y por el contrario, todo él que se humilla será ensalzado. Paradójico, porque en cristiano, ensalzarse es una forma de soberbia (y sabemos que Dios humilla a los soberbios como dice el Magníficat) y sin embargo, humillarse es asemejarse a Cristo en su Kénosis que no hizo alarde de su categoría de Dios (Filp.2) y fue exaltado hasta la derecha de Dios.

Si esto es así, ¡y de verdad, es así!, nuestras pretensiones no puede ser mundanas. Destacar, competencia para llegar arriba, autosuficiencia para no depender de nadie, el pensar que nadie tiene nada que enseñarme, que todo lo que yo hago está bien, que el pecado siempre es del otro, que siempre tengo la razón; el hacer las cosas sin consultar, sin pedir permiso… es soberbia. Soberbia que aleja de Dios: "Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre".

Para un niño ser apartado del pecho de la madre, es ser apartado de los nutrientes de la vida que dala leche de la madre, de la seguridad y refugio de su pecho, del cálido afecto de su regazo. De todo eso,nos dice san Benito, nos aparta la soberbia: de la vida en comunión con Dios, del refugio de su omnipotencia, del afecto de su misericordia. Hay que volver a ser como niños, hermanas, acogernos tiernamente a su misericordia y dejar que El quien nos ensalce.

 RB Cap. 2, 11-15




Por tanto, cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a sus discípulos con doble doctrina,  esto es, debe enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras. A los discípulos capaces proponga con palabras los mandatos del Señor, pero a los duros de corazón y a los más simples muestre con sus obras los preceptos divinos.  Y cuanto enseñe a sus discípulos que es malo, declare con su modo de obrar que no se debe hacer, no sea que predicando a los demás sea él hallado réprobo,  y que si peca, Dios le diga: "¿Por qué predicas tú mis preceptos y tomas en tu boca mi alianza? pues tú odias la disciplina y echaste mis palabras a tus espaldas" (Sal 49,16s), y "Tú, que veías una paja en el ojo de tu hermano ¿no viste una viga en el tuyo?" (cf. Mt 7,3).


Sabido es que san Benito concibe el monasterio como una escuela. Por eso el abad, imitando la pedagogía de Cristo con sus discípulos, debe enseñar a sus monjes con la palabra y con el ejemplo. Esta concepción del monasterio como escuela estaba ya presente en el monacato de Egipto en el que el joven que pretendía hacerse monje se formaba bajo la dirección de un monje anciano y experimentado, que con su ejemplo y su enseñanza guiaba al novicio a la madurez espiritual. Palabras y ejemplos de virtud. Esta ha sido la pedagogía de formación en la vida monástica que desde los Padres antiguos hasta hoy mantiene su valor espiritual.


El Papa Francisco se refería  no hace mucho a que en la sociedad actual se ha perdido “el valor del ejemplo”. Y pensándolo bien, creemos que el Papa tiene mucha razón. Se ha perdido el valor del ejemplo en las dos direcciones. Primero, porque nadie quiere dar ejemplo, y no por humildad; sino porque dar ejemplo nos obliga a “ser ejemplares”. A procurar que nuestra vida sea del todo coherente con nuestras creencias y posicionamientos. Preferimos diluirnos en nuestros relativismos de que cada una tiene su estilo de vida, su forma ser monja, su práctica del ascetismo, su cuerpo y sus enfermedades, etc. Y es que ser ejemplares es una llamada a la excelencia; una llamada a no decaer en el esfuerzo de ser monja cada día, a no disculparnos fácilmente de nuestras obligaciones materiales y espirituales. Ser ejemplares es una llamada a ser santas.

El valor del ejemplo se ha perdido también en que no queremos aprender del otro. Todas conocemos monjas buenas y entregadas de espíritu servicial y pacífico que sin que se note mucho están al quite en todas funciones del monasterio. Hablamos de ellas con admiración. ¡Pero que poco las imitamos! 


Si, a la abadesa, como maestra,  le toca ser ejemplar como le pide san Benito. Pero el Papa Francisco nos recuerda que ser ejemplares nos incumbe a todos porque es una enseñanza de Jesús: “sed para mi santos, porque vuestro Padre Celestial es santo”( Mt.5,48).  

Cap. 66: Los porteros del monasterio

      San Benito concibe el monasterio como un recinto autosuficiente pero no aislado. O lo que es lo mismo, un monasterio benedictino debe que tener dentro todo lo necesario, esto es, agua, molino, huerta, y que las diversas artes se ejerzan dentro del monasterio; para que los monjes no tengan necesidad de andar fuera, porque esto no conviene en modo alguno a sus almas. Pero sabe también que, inevitablemente, tendrá relaciones con el exterior porque golpearan  o llamaran a la puerta pobres, peregrinos, huéspedes, vendedores, compradores, familiares, visitas, etc. Son las infinitas relaciones con el exterior que tiene un monasterio; que son inevitables y que además son buenas, porque nos permiten hacer el bien y son una manera de evangelizar con la vida.

     San Benito, con una visión un poco sospechosa de unas relaciones demasiado estrechas con el exterior, coloca en medio la figura del portero. Esta monja, anciana discreta y madura, será la ventanilla de atención al cliente 24 horas del monasterio: debe tener su celda junto a la puerta, para que los que lleguen encuentren siempre presente quién les responda; cuanto alguien golpee o llame… responda enseguida.  Es la primera impresión que la gente recibe del monasterio. Y a todos nos gusta ser respondidos rápidamente y con eficacia (que sepa recibir recados y transmitirlos –dice Benito) y amabilidad creyente (responda enseguida "Deo gratias" o "Benedic"). Una figura muy importante la de la portera del monasterio.

     Pero en nuestros tiempos, las relaciones con el exterior, ya no son únicamente mediadas por las porteras. Todos los oficios del monasterio tienen más o menos relación con el exterior. Y todas tendremos que aplicarnos las aptitudes que san Benito reclama a las porteras: estar siempre presentes y responder con prontitud a lo que se nos pida. La sacristana tendrá que preparar los libros para cuando la gente venga a compartir nuestro oficio divino, la encuadernadora atenderá con prontitud y amabilidad a los sus clientes, la hospedera lo mismo, las de las lavandería a los padres, en fin, todas tendremos que estar presentes y responder a cualquier necesidad que los demás nos demanden.

     Actualmente en las empresas de trabajadores cuando hacen el balance de su patrimonio incluyen un apartado que denominan capital humano de la empresa. El capital humano es un intangible que revaloriza enormemente a la empresa. Son los trabajadores que además de hacer bien su trabajo, están implicados con el bien y la mejora  de la imagen de la empresa. Saben que no solo basta con hacer bien el producto, sino que además la imagen de la empresa sea buena: de confianza, tenga buena atención al cliente, sea asequible, y que valore al cliente.

     El capital humano del monasterio son las monjas. Las monjas  implicadas en la buena imagen y el bien del monasterio, en favorecer su perfil de lugar acogedor, asequible, especialmente para los pobres y los que buscan rezar con nosotras, humanamente  abierto y solidario


FELIZ PASCUA




Para un cristiano decir PASCUA es ensanchar el alma. Embriagarse de alegría sonriente e iluminada. Porque celebrar la victoria de Cristo sobre la muerte, sobre todo lo que parece negarle, nos evidencia la Vida. Nos da sentido. Nos fundamenta en nuestra elección de vida, en nuestra fe en Él, en nuestro seguimiento en absoluta referencia a Él.

Cristo ha triunfado sobre la finitud, sobre el pecado y el mal y ¡hasta sobre el mismo triunfo de la asesina sinrazón humana! Y ha triunfado de la forma que él ha querido triunfar. Ha triunfado desde el abajamiento de su misericordia: perdonando a sus enemigos, amando a los pobres y a los sencillos, sosteniendo a los débiles, soportando las burlas de los poderosos, las risas irónicas de los bien situados, la incomprensión de los apóstoles, la traición de los amigos… Ha triunfado rechazado y desestimado, aguantando con rostro demacrado y en absoluta soledad. 


Y ha triunfado porque nada ni nadie ha podido vencer la libertad gloriosa de su amor. Nada ni nadie, ni nuestros pecados, le hemos impedido seguir amándonos. Ese es su triunfo divino: que con todo, (saboreando sufrimientos, incomprensiones, desalientos,) no se ha echado para atrás: nunca ha dejado de amar al Padre y a todos nosotros. A esta forma entregada de ser y existencia de Jesús el Cristo, Dios le ha dicho que sí exaltándolo a su derecha. Esta es la forma de ser del Hijo y la forma de ser cristianos y la forma de llegar a la Pascua. Vivir entregadas es lo que resucita.  

Cristo está vivo y nosotras con él. Para una vida entregada el final no es la cruz, sino la vida en Cristo. Tenemos razones para la esperanza. Para perseverar en lo cristiano, para vivir como vivimos, para confesar nuestra vida pobre, humilde y obediente como nuestra manera de ser monjas cristianas. Para saber que todas las pequeñas cosas que vivamos en nuestra existencia con amor y en obediencia a la voluntad del Padre están llenas de eternidad, son semillas de pascua. Para amar a todas y cada una de nuestras hermanas a la manera de Cristo; con pequeños gestos de entrega impregnados de amor perseverante y humilde. Son los modos de Cristo; los que llevan a la resurrección, los que nos dan vida eterna.

La Pascua de Cristo nos justifica la vida; porque una vida entregada tiene sentido y su futuro es Dios.


¡Feliz y luminosa Pascua! ¡Cristo ha resucitado!


Capítulo 35 RB
  Sobre los semaneros de cocina



Dicen que lo que diferencia a un cristiano de los demás hombres no son las cosas que hace, sino el motivo por qué  las hace. Y esto es especialmente cierto hoy para nosotras al leer el cap. 35 de la Regla sobre los semaneros de cocina. Porque un asunto tan natural y cotidiano como cocinar y servir la mesa está inmerso en la Regla en una atmósfera de sobrenaturalidad y de fe que sobrepasan los motivos normales de cocinar y comer.

Comienza el capítulo con un “ sírvanse los hermanos unos a otros de tal modo que nadie se dispense del trabajo de la cocina, a no ser por enfermedad o por estar ocupado en asunto de mucha utilidad”. Normal, podemos pensar hoy. En el monasterio no debe haber clases y por lo tanto todos tienen que pasar por todos los servicios comunitarios. Pura democracia.

Pero no era así en la época de san Benito. Los que cocinaban y servían a la mesa eran los esclavos. Y por lo tanto, cuando Benito dice que se sirvan unos a otros  esta pidiendo que todos los monjes asuman por turno el trabajo de los esclavos. Que los monjes se hagan esclavos unos de otros en el servicio de la semana. Por eso Benito les reclama no sólo el servicio de cocinar y servir la mesa, sino además que limpien los utensilios utilizados, las toallas con que los monjes se lavan pies y manos, además de lavar los pies a todos.  Que se hagan esclavos unos de otros mediante el servicio.



Y san Benito da el motivo para este servicio de esclavos: porque de ahí se sigue el premio de una caridad muy grande” (v.2) Sírvanse unos a otros con amor porque se adquiere el premio de una caridad muy grande: se crece en caridad sirviendo, se gana el premio de un amor grande en el servicio.  Y esto nos recuerda sin duda la escena del lavatorio de los pies de Jesús el día del Jueves Santo. Servir a los hermanos – nos recuerda a Benito- es la aptitud y  el gesto de Jesús en la Ultima Cena, cuando tomando una toalla se la ciño y lavó los pies de todos. Por todo ello, entrar en el servicio de la cocina o de la mesa, o cualquier otro servicio en el monasterio, no es para Benito un asunto cotidiano y normal de orden meramente práctico, no. Es enclavarse en el movimiento teologal de servicio cristiano y de amor entregado hasta la muerte inaugurado por Jesús en la Última Cena lavando los pies de sus discípulos. Es estar en el monasterio como Jesús, “como el que sirve”.



Y porque sabe Benito que colocarse a los pies de los hermanos como el que sirve no es nada fácil ni natural para la naturaleza humana, implora sobre las servidoras de la semana la  bendición y la ayuda de Dios mediante la oración de la comunidad. La que sale dirá eso tan precioso de “Bendito seas Señor porque me has ayudado y consolado”. Si, el Señor consuela y ayuda en el servicio, nos da el premio de una caridad grande. Y lo experimentaremos en la medida que sirvamos. Y por eso le damos gracias y le bendecimos.



Por su parte, la que entra de semana recita el mismo versículo con el que comenzamos la oración comunitaria en el Opus Dei: Oh Dios, ven en mi ayuda, apresúrate, Señor a socorrerme. Con ello el servicio a las hermanas reenvía al coro y el coro al servicio. Pedimos que el Señor nos ayude a servir, que venga en nuestra ayuda porque nosotros no podemos. Y lo pedimos tres veces, y luego de recibir la bendición, entre a servir -dice sencillamente el texto. Después de que han rezado por nosotras, después de recibir la bendición de Dios, ahora sí podemos entrar a servir.



Como vemos en el monasterio no hay asuntos corrientes. Todo puede adquirir una hondura sobrenatural de fe y de eternidad. Hacer la cocina, servir la mesa, hacer la lectura o cualquier otro servicio que nos podamos prestar unas a otras no son asuntos estereotipados sin más. Cosas que tocan. Son más, mucho más. Son medios que nos permiten introducirnos en el movimiento kenótico y pascual de Jesús. Creer que la vida se gana perdiéndola. Servidoras de las hermanas por amor, como Jesús nos ilustraba en el lavatorio de los pies de la Ultima Cena. Servir es amar en concreto, con hechos, con gestos, hasta el detalle. Y tomando una toalla se la ciñó.


Capítulo 37 RB

  Los ancianos y los niños




Aunque la misma naturaleza humana mueva a ser misericordioso con estas dos edades, o sea la de los ancianos y la de los niños, la autoridad de la Regla debe, sin embargo, mirar también por ellos. Téngase siempre presente su debilidad, y en modo alguno se aplique a ellos el rigor de la Regla en lo que a alimentos se refiere, sino que se les tendrá una amable consideración, y anticiparán las horas de comida regulares.



Ciertamente es ser humano es bueno. Ha sido pensado y querido por Dios a su imagen y semejanza y por lo tanto, no puede ser sino bueno. Pero no podemos ser ingenuas. El hombre o por su condición de creatura, o por su contingencia y limitación al espacio y el tiempo, o por su finitud existencial caduca, o por condicionamientos biológicos y culturales, o por el pecado original, es un ser inacabado que puede dar al contrarrestar de hecho el plan divino sobre él. San Benito nos muestra en este capítulo que no es ni ingenuo ni pesimista con respecto al ser humano.



No es pesimista, porque dejándose guiar por la fe reconoce que en la naturaleza humana hay una tendencia innata al bien. Que como dice san Basilio en el hombre hay una “capacidad de amar y comunicar” innata al ser humano, un “virtud infusa en nosotros por el creador”. “Nada es tan propio del hombre que tener necesidad los unos de los otros, de buscarse recíprocamente y amar lo que buscamos. El Señor ha infundido en nuestras almas los signos de esta virtud”. Por eso el cuidado cariñoso y compasivo hacia los ancianos y niños es una nota constante en las reglas cenobíticas porque la piedad y la misericordia hacia los débiles mueven al corazón humano a su socorro.



Pero no es ingenuo. Porque además del deber natural de conmiseración de la naturaleza humana hacia los seres más débiles y necesitados, señala también un deber moral: la autoridad de la Regla debe mirar también por ellos. Efectivamente los ancianos y los niños, todos las personas más débiles de la comunidad, no quedan al eventualidad de nuestra buena voluntad natural o a la generosidad de las hermanas caritativas y compasivas de nuestra comunidad o de la enfermera o de la abadesa. Las hermanas más débiles son deber moral de toda la comunidad. Y la paciencia y el servicio compasivo que requieren conciernen a todas las hermanas.



La paciencia y el servicio a las hermanas ancianas es hoy una tarea fundamental en nuestro ser monjas. No es fácil cuando las ancianas forman el grueso de nuestras comunidades. Pero san Benito nos recuerda en este capítulo 36 de su Regla que la paciencia y la misericordia hacia los débiles no solo es una virtud natural, sino también un deber moral para todos los que seguimos a Cristo.




Relación de la Congregación
Capítulo General 2015


Queridos Abades y queridas Abadesas:




Esta exposición que ahora presento es el resultado de la reflexión que cada hermana y en cada monasterio de nuestra Congregación hemos efectuado teniendo presente la Carta Apostólica del Papa Francisco a los Consagrados con ocasión del Año de la Vida Consagrada  y las indicaciones del Consejo del Abad General para la Relación de los Presidentes de las  respectivas Congregaciones para este Capítulo General.

El Papa Francisco nos propone a los consagrados una renovación gozosa e ilusionante de nuestro ser y misión en la Iglesia y en el mundo sobre tres objetivos: mirar al pasado con gratitud; vivir el presente con pasión; abrazar el futuro con esperanza.



AGRADECER EL PASADO



Nuestra mirada al pasado desde el hoy de nuestra vida y de nuestros monasterios nos recuerda los versos de uno de nuestros grandes poetas: Lo que yo llamaba pasado / eras Tú. Porque constatamos agradecidas que Dios ha estado siempre ahí (Ex.3, 14) animando y sosteniendo el camino recorrido no solo en los grandes acontecimientos, sino también en lo cotidiano y pequeño de nuestra vida personal y comunitaria; conduciendo su historia de salvación entre nuestros logros, nuestras improvisaciones, nuestros fracasos y hasta entre nuestras decepciones. Dios ha estado siempre ahí como Dios clemente y misericordioso, rico en amor y fidelidad (Cfr. Ex 34,6). Todo es motivo de agradecimiento porque desde una mirada de fe todo revierte en el proyecto de Dios para nuestras vidas.



1.- Recordamos con agradecimiento nuestra pertenencia a nuestra Orden que desde sus orígenes ha buscado plasmar su camino de conversión al Evangelio en la autenticidad de vida según la Regla de San Benito. Dando lugar a una espiritualidad profundamente evangélica y humana, de gran riqueza doctrinal, de experiencia y sabiduría sapiencial,  cristocéntrica y mariológica. Desplegada en una comunión de vida fraterna de claros acentos en la caridad, la relación, la unidad y la unanimidad. Comunidad de vida alternativa al mundo, pero profundamente eclesial. Nuestra Orden que ha sabido también modularse institucionalmente en estructuras jurídicas pertinentemente adaptadas a las diversas situaciones y avatares históricos y eclesiales.




2.- Recordamos con agradecimiento nuestra pertenencia a la Congregación de Castilla, la primera y más antigua Congregación Cisterciense, erigida el 24 de octubre 1425 y que se mantuvo felizmente hasta 1835 cuando los monasterios masculinos fueron suprimidos, no así los femeninos, en los que la Congregación continuaba existiendo, al menos sobre el papel. Decimos sobre el papel, porque de hecho cesarón los Capitulos Generales de la Congregación, los monasterios femeninos se fueron olvidando de su vinculación común y derivando a la dependencia jurídica del obispado territorial correspendiente. Situación que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, que siguiendo las directrices de la constitución apostólica Sponsa Christi, de Pío XII, se crearon las Federaciones de monasterios femeninos de la Orden, que en el caso español fueron un instrumento valioso para revitalizar el carisma cisterciense en los monasterios las monjas, además de favorecer, el espíritu de conocimiento mutuo y la pertenencia.


El Capítulo Especial de la Orden de los años 1968-1969, recogiendo el espíritu del Decreto Perfectae Caritatis, del Concilio Vaticano II inició el definitivo reconocimiento oficial de las monjas como parte integrante de la estructura jurídica de la Orden. La Federación de Monjas Cistercienses en España, en un proyecto largamente deseado, pidió entonces la restauración de la Congregación de Castilla. Restauración aprobada por la Santa Sede el día 8 de diciembre de 1994, mediante un decreto por el fueron reactivados los derechos y deberes de nuestra antigua Congregación.


Tanto la Federación como más tarde la Congregación han sido para nuestra vida monástica cauces muy valiosos de formación y ayuda intermonasterial para sostener nuestra identidad carismática.




3.- Un especial motivo de agradecimiento es también para nosotras, el  Concilio Vaticano II: Tiempo lúcido, de renovación y formación eclesial, teológica y litúrgica. Tiempo de cambios profundos en interior de nuestras comunidades, de corresponsabilidad compartida en la búsqueda comunitaria del el bien común del monasterio. De adaptaciones de los edificios, de los costumarios,  la economía; de las formas de relación internas entre las monjas y externas con la Iglesia local y los laicos; acompasando y discerniendo los signos de los tiempos para hacer de nuestra vida una más nítida plasmación del Evangelio.



4.- Recordamos con agradecimiento el devenir histórico de nuestra comunidad concreta, de nuestro Monasterio, la historia de la que formamos parte. Nuestras monjas difuntas y nuestras mayores, que perseverando en las dificultades nos acogieron y nos formaron en la vida monástica. Recordamos su cariño tierno que sostuvo nuestras dudas; su adaptación animosa a las novedades que traía el tiempo nuevo, la aceptación de hermanas provenientes de otras culturas, su trabajo callado, su amor a la Regla, su amor a la Iglesia y su disponibilidad a la comunidad. Grandes mujeres creyentes, a las que recordamos con nombre y apellido, que han posibilitado la continuidad de nuestro monasterio.

No olvidamos, sin embargo, los momentos comunitarios difíciles ante disyuntivas a asumir; pero han sido esos momentos los que nos han ayudado a conocernos y amarnos desde el respeto a lo diferente. Nos han unido, nos han cohesionado, nos han hecho crecer como grupo y nos han enseñado a aprender de los errores.



5.- Recordamos con agradecimiento el devenir existencial de nuestra vocación como

un continuo, un cantus firmus de amor fiel de Dios por cada una de nosotras. Un seguimiento-encuentro personal y comunitario, constante y tenaz, que ha conducido suavemente en El y hacia El nuestra existencia en el espacio fraterno de nuestra comunidad. Ciertamente no han faltado desalientos, pero a la luz de Dios y por su amor, nuestra individualidad se ha ido haciendo cada día más comunitaria y apasionada. La comunidad ha alcanzado así lugar de autoridad en nuestra existencia.



Concluyendo podemos afirmar con satisfacción que todo nuestro pasado nos ha fundamentado en confianza en Dios, en las hermanas de la comunidad y en las hermanas de la Congregación. Y nos pone alerta ante dos tentaciones, las de la nostalgia y del olvido.




VIVIR EL PRESENTE CON PASIÓN



El hoy de nuestras comunidades es de una situación paradójica. Porque ciertamente nuestras comunidades pueden denominarse precarias, y algunas, muy precarias. La edad de nuestras hermanas sigue en aumento y la larga crisis vocacional se hace sentir disminuyendo la audacia para llevar a cabo nuevas iniciativas adecuadas a las necesidades de hoy. Datos sombríos que obligan a  un diagnostico sincero y realista sobre nuestra situación de pobreza, precariedad y disminución. Es verdad, somos comunidades precarias, pero no decadentes. Porque el amor es siempre apasionado y nuestro amor por Dios, y por los hombres que Dios ama, sigue siendo nuestro amor primero.



Además, la precariedad de nuestras situaciones comunitarias nos ha hecho más lúcidas para percibir que el Evangelio revela el misterio del plan de Dios bajo las realidades más humildes y pobres, donde no tienen valor ni los números ni los cálculos humanos. Cuando van desapareciendo nuestras  seguridades humanas, aparece más esplendente la motivación fundante de nuestra fe y de nuestra esperanza.




Por eso, aunque hemos cambiado los horarios y, en algunos monasterios es difícil encontrar un trabajo remunerativo, no se ha dejado de buscar un ritmo equilibrado de vida que nos permita una conjunción comunitaria de todas las hermanas en el desarrollo cotidiano de la vida comunitaria. La relaciones interpersonales en nuestras comunidades son cariñosas y generosas, priorizando el servicio a quién  más lo necesita. En nuestras monasterios se cuida y se potencia el cuidado personal de nuestras mayores; los espacios de encuentro comunitarios de recreación o de formación como parte fundamental de la construcción personal y comunitaria.



No por ser minoría, en nuestras comunidades se deja de atender a nuestras jóvenes dándoles la formación y el tiempo que ella requiere. Para su  formación teológica se busca la confluencia con otras instituciones eclesiales que la impartan y para su formación monástica los cursos de la Orden.



En cuanto a la atención y el cuidado de la oración y la liturgia las comunidades, a pesar de su precariedad, se esfuerzan en no desfallecer: se rezan todo el Oficio, la Eucaristía diaria con dignidad. La Lectio Divina y la oración personal tienen su tiempo y son parte del  peso de su servidumbre.




Y, por último, hemos descubierto que nuestra ascesis monástica actual tiene más que ver con “participar por la paciencia en los sufrimientos de Cristo” en la ayuda y servicio a debilidad de nuestras hermanas, y de nuestros monasterios más precarios, y en generosidad con organizaciones y  personas sin trabajo e inmigrantes.



Concluyendo podemos afirmar que desde el punto de vista humano se constata que en nuestras comunidades, el modo de vivir es indicativo de personas de vida con sentido, de personas de vida plena, apasionada, donde la comunidad fraterna es nuestro proyecto común.  Hermanas que se dan a sí mismas en aquello que realizan. Personas que han encontrado un sentido en su vivir y su hacer. Que van dejando poco a poco las pasiones humanas, sus propios intereses y satisfacciones. Hermanas que son amigas. No porque sean excepcionales, sino como resultado de asumir con responsabilidad su propia vida y la vida de la comunidad, hasta que Dios quiera.



ABRAZAR EL FUTURO CON ESPERANZA





Nuestra mirada sobre nuestro pasado y la experiencia del hoy de nuestras comunidades, no hacen sino fundamentar nuestra  absoluta confianza en Dios que nos ama. ¿A quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna (cfr. Jn 6,60-69).




Es cierto que nuestras comunidades están envejecidas. Pero el envejecimiento no es el problema. Nuestras hermanas mayores son personas que han vivido su vida monástica con fidelidad creyente y han emprendido con entereza adaptaciones de todo tipo, sosteniendo con trabajo y esfuerzo la comunidad. El problema es la falta de relevo vocacional. Y si las previsiones demográficas y sociológicas se cumplen, es probable que en Europa la situación no cambie hasta el 2050. Por eso puede resultar hasta pertinente preguntarnos ¿y si mi monasterio desapareciera? Y una vez contemplada con lucidez y cordura la situación desdramatizarla, despojándola de las etiquetas de tragedia y catástrofe. Mirarla sencillamente como una consecuencia de la contingencia de la finitud de lo humano. Porque la promesa de estabilidad institucional solo la tiene la Iglesia.



Por eso, si alguna de nuestras comunidades desapareciera (como ya ha habido tantas en nuestra historia) no fallaría nuestra confianza en Dios; ni en el valor de la vida monástica, que a lo largo de muchos años han vivido unas mujeres contentas con su carisma, trabajando por el Reino de Dios y sirviendo a los demás hombres lo mejor que han podido.




Sin embargo, nuestra esta confianza en Dios y nuestra esperanza en el futuro no se limita a aguarda inactiva su venida. Es, por el contrario, una esperanza activa que intercede por todos y que representa a todos; lo mismo que la primera comunidad de Jerusalén, desvalida después de la marcha de Jesús, rezaba pidiendo el Espíritu, también nosotros pedimos su Espíritu para afrontar con audacia el futuro. Él nos enseñará a pensar al modo de Dios y no al modo humano (Mc 8,33); afianzado nuestras convicciones de que nuestros tiempos de poda pueden ser costosos, pero pueden ser muy fecundos; porque una vida entregada a Dios, no se pierde. Y que una vida como la nuestra, y la de nuestro monasterio, tienen como misión de ser conciencia  y testimonio para la humanidad de la existencia de Dios. Mantener la presencia y aceptar que solo somos signo.




En cualquier caso, los italianos dicen que hay que acabar en bello. Por eso tenemos que ser templados para cuidar y gestionar creativamente el presente y sabios para enfrentar animosamente el futuro: potenciar la vida comunitaria como modelo y experiencia utópica de la fraternidad humana; abrirnos a los laicos que comparten nuestros ideales mediante grupos de oración o lectio divina; abrirnos a las iniciativas de las demás órdenes monásticas y a las demás congregaciones de nuestra respectiva iglesia local. Y que nunca nos falten gestos de caridad y compasión con cualquier necesidad que se nos manifieste, testimoniando la validez evangélica de nuestra vida.



De este modo, nada ni nadie nos arrebatará nuestra alegría y esperanza. Y cuando Dios está por medio, la vida puede dar giros sorprendentes.



M. Kandida Saratxaga, Abadesa Presidenta
 Capítulo de la Regla

RB 4, 44-60



En la Sagrada Escritura hay una serie de afirmaciones que pueden parecer contradictorias. Por una parte Jesucristo dice de sí mismo que ha venido al mundo no para juzgarlo, sino para salvarlo (cf. Jn 12,47). Pero por otra parte, Jesús habla de un juicio al final de los tiempos según el cual solo se promete el reino eterno a los que han practicado la misericordia con pobres, los enfermos, los encarcelados (cf. Mt. 25). Y también encontramos la afirmación  de la carta de Santiago que la misericordia de Dios vence al juicio (cf. Sant. 2, 1-12). Con lo cual parece que la voluntad salvífica de Dios sobre todos hombres parece vencer a su justicia para con los pecadores. ¿Misericordia contra Justicia? No. No creo que este sea el planteamiento. Lo que hay es misericordia amorosa de Dios por una parte, pero con respeto absoluto de nuestra libertad. Amor que se ofrece, no que se impone, y que espera, y fomenta, una respuesta de amor libre por nuestra parte.

Por eso, las afirmaciones sobre el juicio no son para fomentar el miedo, o para empequeñecer al hombre ante una divinidad que nos está mirando  como un juez o un policia. Son afirmaciones que intentan provocar nuestra conversión, para provocar una seriedad de vida; una coherencia de nuestra fe y nuestra existencia. Una coherencia, en palabras de Santiago, entre fe y obras (cf. Sant. 2,14-17).

Esta llamada a la seriedad de vida, a la conversión de nuestra existencia, es la que anima también a san Benito a colocar entre los instrumentos de las buenas obras estas referencias al juicio y a la vida eterna.

 Temer el día del juicio, sentir terror del infierno,  desear la vida eterna con la mayor avidez espiritual,  tener la muerte presente ante los ojos cada día. Velar a toda hora sobre las acciones de su vida,  saber de cierto que, en todo lugar, Dios lo está mirando. Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen a su corazón, y manifestarlos al anciano espiritual.

La vida cristiana es seria. A Jesucristo le costó la cruz seguir hasta el final la voluntad del Padre. Por eso no podemos pararnos en lo mucho que hemos trabajado por la comunidad, en nuestra mala salud o en que tenemos muchos años. Hay que seguir siendo monjas hasta el final. No cejar en el empeño de la oración, ni en el empeño del Oficio Divino, ni en su preparación. Y sobre todo, no cejar en el empeño de responder a la voluntad de Dios: de ser cada día más misericordiosas con nuestras hermanas, más dispuestas a ayudar a las que más nos necesitan. En definitiva, a crecer en el amor estando siempre más dispuestas a olvidarnos de nosotras 

y pensar más en el bien de las otras.
 
Capítulo 40 de la Regla


            Otra vez comienza el capítulo san Benito con una frase programática: "Cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de una manera, otro de otra" (1 Co 7,7).

             
            Y es verdad, cada una de nuestras hermanas en comunidad tiene su don. Las hay las que siempre están dispuestas a cooperar con las demás, las hay las que asumen rápidamente iniciativas, las hay calladas que saben escuchar, las hay animadas que alegran los recreos, las hay generosas con los pobres, las hay que son atentas con las enfermas. Las hay rezadoras. Las hay cumplidoras y amantes del coro. Las hay muy trabajadoras. Las que siempre están dispuestas a hacer fiesta.  Las hay austeras para sí mismas y que nunca se quejan. Las hay sensibles a la belleza. Las hay eficaces y que resuelven problemas… Si, verdaderamente cada hermana en comunidad tiene su propio don recibido de Dios. Reconocer es propio don recibido de cada de hermana tiene que ser en comunidad una fuente de gozo, de respeto a la libertad personal de cada una, de agradecimiento a Dios por las maravillas que hace en cada una de nuestras hermanas.


             Sin embargo, en comunidad, cada don propio, cada autonomía personal, debe armonizarse con el bien común. Cada don propio para ser fecundo debe integrarse en la sinfonía de la comunidad. Por eso, respetando y agradeciendo todos los dones propios, san Benito pone un criterio para armonizar dichos dones propios: tener en cuenta la flaqueza de los débiles.

             
             Es el mismo criterio de discernimiento que señalaba san Pablo a los primeros cristianos a propósito de comer la carne sacrificada a los ídolos (1Cor.8): Es cierto – decía el apóstol- que no podemos obtener la aprobación de Dios por lo que comemos. No perdemos nada si no lo comemos, y no ganamos nada si lo comemos. Pero debes tener cuidado de que tu libertad (tu don propio, según san Benito) no haga tropezar a los que tienen una conciencia más débil


            La medida de nuestra autonomía, de nuestra libertad, en comunidad siempre debe asumir al débil, al último, porque la comunidad no puede dejar a nadie descolgado. En comunidad vamos todas juntas hasta la vida eterna (RB cap. 72) y el don propio de cada una tiene que ser desarrollado y ofrecido al bien común. Así será fuente de gozo y agradecimiento de todas las hermanas.


CAPÍTULOS 28-29


En el código penitencial de la regla hay dos capítulos en los que San Benito se dirige expresamente al abad: el cap. 27 y el cap. 28 que acabamos de escuchar. En ambos la figura del abad adquiere un matiz “maternal”. Es decir, de ternura, de solicitud, de particularismo personal, de cuidado específico hacia el más pequeño de sus monjes, aquel que le necesita más, aún sin él saberlo.

Cierto que el código a la hora de la corrección fraterna sigue el procedimiento evangélico de primero corrección a solas, después con dos o tres testigos, después a la comunidad y si no se corrige expulsión de la comunidad considerándole como un pagano (Mt 18,15-17). Pero introduce Benito una seria de matices que ninguna abadesa debe descuidar.

Primero la corrección es terapéutica, siempre es para sanar. Por eso la figura abacial adquiere la imagen de “sabio médico”. O lo que es lo mismo, un médico competente que conoce las enfermedades y sabe sanarlas. Por eso también, la monja delincuente no es mala o pecadora, sino enferma. Enferma que necesita tratamiento y cura. Porque lo que se trata de corregir son conductas, comportamientos que lesionan e hieren el cuerpo comunitario. No se juzga el fuero interno de las monjas, sino esas conductas que hacen mal al conjunto de la comunidad.

Segundo, a esa monja enferma, pero monja ante todo, la abadesa le aplicará primero sus exhortaciones y apelaciones cariñosas hacia el bien (san Benito las llama ungüentos), le recordará también la doctrina del evangelio y su seguimiento a la llamada del Señor (medicamentos según Benito porque un monje siempre es un monje y Cristo y la Escritura siempre es su referencia) y hasta la dureza (cauterio) de la excomunión y las reprimendas ante la comunidad (heridas de los azotes). Pero siempre con procedimientos adaptados cada una en particular. Se trata de buscar remedios, de  aliviar, de corregir, de sanar. Nunca de humillar, sino de provocar la reflexión y un humilde arrepentimiento.

Tercero, San Benito prevé también, en caso de no sanar con esta terapia, el procedimiento más agresivo de la intervención quirúrgica de la amputación, cierto pero sólo como última solución. Hay que ser realistas y hay veces en que este desenlace es inevitable o porque la persona quiere abandonar este estilo de vida o porque su comportamiento es tal que rompe la paz comunitaria (solución esta que requiere de la abadesa, profunda reflexión, discernimiento cuidadoso y valentía evangélica).

Cuarto, pero no acaba aquí, con esta nota sombría, el código penitencial de la regla. Hay un siguiente capítulo,  el cap. 29: Si los monjes que se van del monasterio pueden ser recibidos de nuevo. Y la regla dice que sí, que siempre hay posibilidad. Que la vida está abierta al cambio y a la conversión. Que nadie está perdido para siempre, porque el Señor nunca nos da a nosotras, a un ser humano, por perdido.


 SANTÍSIMA TRINIDAD



La Regla de san Benito no es un tratado de teología, es una guía, un camino recto, para vivir la vida monástica. Por eso no debemos pedirle definiciones, ni explicaciones del Misterio Trinitario de nuestra fe. San Benito, simplemente nos pide adorarlo: 


            Cuando el cantor comienza a entonarlo (el Gloria), levántense todos inmediatamente de sus asientos en honor y reverencia de la Santa Trinidad (RB 9,7).



            ¿Cuántas veces al cabo del día decimos en nuestros rezos Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo? ¿Cuántas veces nos levantamos de los asientos e inclinamos la cabeza en el Gloria? Con el Gloria cristianizamos los salmos, culminamos nuestras oraciones, nos santiguamos y nos bendecimos, damos gracias y alabanzas. Todas las actitudes de adoración, alabanza y acción de gracias están encerradas en el Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo. Es el resumen de nuestra fe y solo requiere una adoración consciente. No explicaciones, sino adoración.

Hoy que es la solemnidad de la Santísima Trinidad nos parece un buen momento para volver a tomar conciencia de que a la Trinidad no la conocen los espíritus especulativos, sino los que la adoran.

Ojalá seamos de esas monjas ( o de esas personas) que muchas veces al cabo del día, se levantan de sus asientos y bajan la cabeza inmediatamente que son conscientes de estar en presencia de la Trinidad


PASCUA


Exulten por fin los coros de los ángeles,

Exulten las jerarquías del cielo,

Y por la victoria del Rey tan poderoso

Que las trompetas anuncien la salvación



¡Cristo ha resucitado¡ ¡Hoy es la Pascua del Señor!

Este es el gran anuncio que ha traído la Iglesia al mundo. El gran anuncio que nosotras, cada una de nosotras, ha acogido en fe: Cristo ha resucitado. Jesús de Nazaret, que vivió y murió por vivir de una determinada forma, ha sido devuelto a la Vida por el Dios al que él llamaba su Padre. Dios es el Padre que Jesús nos ha revelado. Jesús es el Cristo al que Dios ha resucitado. La muerte no es el final de la vida; sino la Vida el final de la muerte. Estamos engendradas con semillas de eternidad. Toda la creación es renovada desde dentro hasta su plenitud cuando Dios sea todo en todos.



            Decimos ¡Pascua! , y todo se agolpa en el corazón del creyente: la alegría, el gozo, el agradecimiento, la alabanza, la anchura de la libertad, la dulzura del amor, la unción del Espíritu, el coraje de la verdad... Todo y más. Porque Cristo ha sido resucitado por el Padre.



            Y nos acordamos también, de la alegría de María que después de tantos sufrimientos recupera a su Hijo. Nos acordamos de los cobardes discípulos, ahora valientes hasta entregar sus vidas. Y nos acordamos de todas las personas que están sufriendo, pero a las que ahora vemos no abocadas a estar siempre en él. Ahora estamos seguras de que el sufrimiento es temporal, pero la vida es eterna.



            Decimos ¡Pascua! Y todo cambia.



            Este es mi deseo, hermanas, que en vuestro corazón sea Pascua. La Pascua de Cristo. La que ha pasado por el sufrimiento y lo ha vencido a base de dejarse hacer por la voluntad del Padre. Esa es la Pascua cristiana, la que resucita el sufrimiento por amor. Porque mientras en nuestro corazón quede un rescoldo de muerte por el desamor, aún no ha resucitado el amor de Cristo en nosotras.

            Abramos, pues, las puertas a la Pascua de Cristo. Dejemos que entre su amor.



Feliz Pascua a todas.
 

CUARESMA


            Cualquiera de los versículos de este cap. 49 de la Regla sobre “la observancia cuaresmal” es digno de ser reflexionado atentamente por la rica doctrina monástica que encierran.  Vamos a fijarnos particularmente en los versículos 6 y 7:

                        De modo que cada uno con gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo sobre la medida establecida, esto es, que prive a su cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría del deseo espiritual.



            Es difícil encontrar, tan sintetizada y tan bien expresada,  la invitación que nos hace aquí san Benito a  vivir la cuaresma  (y por extensión toda la vida cristiana, cfr.v1) como resumen  de  la espiritualidad de la grandeza de corazón, de la magnanimidad, del corazón grande y generoso:

             añadamos algo, un poco más, a la tarea de nuestro servicio”.



            Añadamos algo más que recuerda el más de San Ignacio, o de Francisco de Javier cuando inflamado el pecho de amor de Dios, le gritaba: más, Señor; más Señor. Si. Es el siempre más del enamorado: (“te quiero más que ayer...”); el más del santo que ama al Señor con esa grandeza de corazón que le impide estar tranquilo en la posesión suave del amor y siempre desea servirle y amarle más. Espiritualidad de la grandeza de ánimo que Jesús nos recomendaba en el Sermón de las Bienaventuranzas (Mt 5, 21): “Si uno te abofetea en la mejilla, vuélvele también la otra: al que quiera quitarte la túnica, déjale también la capa; al que te fuerza a caminar una milla acompáñale dos; al que te pide dale; al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.



            A nosotras nos puede resultar difícil esta grandeza de corazón que siempre está ofreciendo más de lo justo, de lo pesado y lo medido, porque vivimos el amor a medias. Tenemos miedo a dejarnos en las manos de Dios, a las consecuencias de una entrega sin reservas, ¿no llevó hasta la cruz a su Hijo? Y también con nuestras hermanas tenemos miedo a la entrega: miedo a ser utilizadas, miedo a no tener tiempo para mí, miedo a perder la salud... Solo es grande de corazón quien ama sin miedo.



            Cuando nos atenemos únicamente  a lo que nos toca cumplir, al trabajo de mi oficina; cuando no echo una mano porque a mí no me toca o le corresponde a la otra; cuando no gozamos con el bien ajeno..., falta grandeza de ánimo, falta gozo del Espíritu, -nos dice san Benito-, que da vida sobreabundante, inagotable y creadora.



            Ofrecer con gozo del Espíritu algo de más, esta es la invitación de San Benito para la cuaresma. Ese algo de más nos va a traer gozo del Espíritu; nos va a tonificar en nuestra vida espiritual, porque si nos contentamos con escudarnos exclusivamente en lo que nos toca vamos derechas a la mediocridad, a la tristeza de ánimo, a la vida obligada y sin brillo.



            En cambio para el algo de más del corazón grande, san Benito le asegura que “va a esperar la Pascua con la alegría del deseo espiritual”. Para la persona de corazón grande la  Cuaresma es el comienzo de la Pascua, porque la recompensa de la grandeza de ánimo será la alegría pascual.


AÑO NUEVO



Acaba el año 2014 y en todos los medios de comunicación se hace balances de todo tipo: cómo ha ido la economía, cómo ha ido el gobierno, los logros deportivos, los accidentes aéreos, los muertos en la carretera, la subida de los precios, etc. Balances de todo. En esos balances se piensa que el tiempo pasa porque hay movimientos, cambios y sucesos que se siguen unos a otros. Eso es el tiempo: cambios, movimientos, sucesos. Esa es nuestra forma de medir el tiempo.


En Dios no hay tiempo, no hay cambio, ni movimientos. Dios es siempre Vida, Luz y un Proyecto creador que consiste en dar  y comunicar la misma Vida Divina a los hombres. Ese es Dios y en Él no hay cambio, ni sucesos, ni movimiento; sino donación incondicional de Vida a los hombres.


En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.Este era en el principio con Dios.Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. La palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre.


Sin embargo, aquí comienza nuestro tiempo. En la respuesta que demos a este proyecto creador de donación de vida divina que Dios nos propone a cada una de nosotras.


Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. 14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. 


Nuestro tiempo es la respuesta que damos al proyecto creador de vida de Dios. ¿Cómo le hemos respondido este año? ¿Somos de los que han recibido y acogido la Palabra? ¿Hemos contemplado más su rostro? ¿Le hemos visto cada vez con mayor nitidez en las  hermanas, en los pobres, en los necesitados de cariño y de estímulo? ¿Hemos recibido la Vida dando vida?


Esta es nuestra forma de contabilizar el tiempo. No por los sucesos extraordinarios, no por nuestros logros o nuestros fracasos, sino por la cotidiana forma de dar vida recibiendo la Vida divina que nos hace cada vez más y mejor hijos en el Hijo.

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.


Seguramente al releer así este año que se acaba encontraremos momentos de despiste, de debilidades y de negligencias en este empeño de recibir y dar vida, pero eso es lo de menos. El proyecto creador de Dios no se acaba con este nuestro último día del año. Continua inmutable dándonos vida y propiciando que nosotras demos vida cada vez más a nuestro alrededor. 


            He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia

Pero además, no cualquier vida, nos dice el Papa Francisco, sino una vida alegre, la que nace del evangelio y la que nos recuerda el Año de la Consagrada 2015, hay que vivir mirando nuestro pasado con agradecimiento, nuestro presente con amorosa pasión y nuestro futuro con esperanza.


Feliz y Pleno Año Nuevo 2015




 


ADVIENTO 2014

Hasta el s.XII la espiritualidad de la Iglesia latina estuvo marcada con una tensión escatológica muy marcada fruto de la lectura del NT sobre la segunda venida de Cristo, la parusía gloriosa, que condicionaba la visión de la existencia y la historia humana como una sola espera del final de los tiempos. La vida y la historia terrestre eran un tiempo intermedio entre las dos venidas de Cristo, una en Belén y otra triunfal al final de los tiempos. Un exilio del cielo, un tiempo que solo tenía valor con referencia al cielo. Por lo tanto, lo que el creyente tenía que hacer entre una venida y otra de Cristo era no caer en pecado y esperar a que apareciese Cristo triunfante y nos llevase al cielo. Como veis una visión infravalorada y raquítica de lo que es la historia y la vida humana.



Entre los ss VI-XI, los monjes con su súper valorización de la virginidad y el desarrollo exuberante de la liturgia, introducen una nueva idea en la concepción escatológica de la Iglesia: en la condición terrestre el creyente se puede anticipar el cielo. Aparece así en la literatura monástica “el deseo del cielo” donde se favorece la virginidad como “una vida angélica” y la liturgia grandiosa como un “vivir en el cielo, en la liturgia celeste”. Sin duda, esta segunda visión escatológica valoriza más el tiempo terrestre intermedio entre las dos venidas.



Pero siguiendo esta tradición monástica, a la mitad del s. XII, San Bernardo, y los cistercienses con él, van a dar un giro nuevo y sorprendente a la lectura del NT, a la teología escatológica de la Iglesia. Entre las dos venidas del Verbo de Dios, hay una tercera, un tercer acontecimiento escatológico: una venida intermedia. Cristo ha venido en Belén, Cristo vendrá al final de los tiempos y Cristo viene hoy al corazón del creyente pues, como recuerda Bernardo, en el evangelio de Juan 14,23 se afirma “vendremos a él y haremos morada en él. Así, pues, el Verbo se encarnó en María, vendrá Glorioso en la Parusía, y se encarna cada momento en el corazón del creyente. 



            A partir de este pensamiento original, Bernardo puede explayar un concepto de la vida humana y de la historia terrestre mucho más positivo, unificado y comprensivo. Nuestra vida, nuestra historia es gracia, momento y oportunidad para que Dios se muestre, para que Dios venga, para que Dios aflore. Toda vida humana es el lugar de una posible experiencia de Dios. Hoy, aquí, a cada una de nosotras, Dios se le puede manifestar. Cristo se puede encarnar en su corazón. No hace falta esperar a que venga al final de los tiempos. Puede venir hoy a tu corazón. Cristo viene cada día, cada momento podemos descubrir su presencia. Basta que estemos atentos a esa venida.  



            Os propongo, pues, para este adviento, siguiendo a Bernardo, como tiempo de vigilancia, no de la venida final de Cristo, sino de su presencia actual entre nosotras cada día: en tu corazón, en el mío, en la comunidad, en la historia.



            Más que meditar en el Apocalipsis, fijemos en el Cantar de los Cantares.


 CAPÍTULO 32 DE LA RB

En el fondo en la vida todo es cuestión de confianza: la fe, el amor, la amistad, la felicidad… Dicen los  psicólogos y los estudios de la religión que sin “la confianza originaria en la vida” que nos transmite la madre con su apoyo incondicional, gratuito y constante, el ser humando jamás llegará a ser feliz y jamás llegará a la fe en un Dios bueno y salvador. Solo quien en su infancia ha tenido experiencia de “ser sostenido siempre”, de ser querido siempre por muchas barrabasadas que haya hecho, será de adulto una persona con optimismo vital, con confianza en la vida, con esperanza creyente en que “todo acabará bien” (Juliana de Norwich)

También en el monasterio es cuestión de confianza. Confianza no solo en nuestras relaciones con el abad (que debe ser un padre bueno de sus monjes), con los ancianos (a los que podemos descubrir nuestras almas), con el mayordomo (al que pediremos lo que necesitamos), con los hermanos (que toleran con suma paciencia nuestras debilidades); sino también a la hora de la designación de los cargos en la comunidad. Acabamos de oír que en el monasterio todos los cargos son cuestión de confianza y por lo mismo reclaman responsabilidad:

El abad confíe los bienes del monasterio a monjes de cuya vida y costumbres esté seguro

Hemos dicho que el niño aprende la confianza de la madre, de su estar siempre ahí respondiendo con un si pronto a los demandas del hijo, pues lo mismo en el monasterio cuando se nos nombra para un oficio en la comunidad se nos hace responsable, se nos confía una parte del monasterio, y  la comunidad aprende a confiar en nosotras en la medida que somos responsables de la parcela del monasterio que nos han confiado, en la medida en que la comunidad  “está segura”-dice el texto- que vamos a responder.

Y si os fijáis bien en el capítulo Benito dibuja con dos trazos magistrales tanto al monje que genera confianza a sus hermanos en comunidad, como al monje que no la genera. Del primero dice:

De cuya vida y costumbres esté seguro

Para que custodie y conserve los bienes comunes del monasterio

Del segundo dice:

Trata las cosas del monasterio con sordidez

Y con detrimento (es decir, menguando los bienes comunes)

Estoy segura de que todas estamos de acuerdo con san Benito que solo generan confianza las personas cuidadosas que cuidan con amor lo común. Porque todas conocemos personas que pueden, o podemos, cuidar muy bien lo personal propio y descuidar absolutamente lo comunitario. O podemos también caer en el error de pensar que aquello que se me encarga a mi cuidado al final acaba siendo mío y solo depende de mi arbitrio y manejo.

No, todo en el monasterio está al servicio de todas. Los encargados  en los oficios no son más que eso, encargados. Deberán rendir cuentas, ser responsables, por su encargo es cuestión de confianza. Nos dijo Sole que en las cuentas del Abad General apuntaba hasta lo que había gastado en bocadillos, y san Benito pide al abad que tenga un inventario para saber lo que da y lo que recibe cuando los hermanos se sucedan en el cargo. No somos dueños de nada. Solo los encargados, los usuarios. Y es una forma de amor a la comunidad que sus bienes no sufran menoscabo por mi mal uso o por mi negligencia.

Cuestión de confianza, cuestión de responsabilidad.


CAPÍTULO 29 DE LA RB


      Rudolf Otto en su libro Lo Santo recupera una frase de Goethe en el Fausto: El estremecimiento es la parte mejor de la humanidad. Por mucho que el mundo se haga familiar a los sentidos, siempre sentirá lo enorme profundamente conmovido. Este estremecimiento sería pues el primer movimiento de la experiencia mística, del descubrimiento de lo santo, el primer sentimiento de la experiencia religiosa.

       La regla de san Benito está orientada hacia la mística. Es un texto que, a pesar de su envoltura jurídica, quiere formar y preparar al alma a una experiencia interior fundamental, a una comunión serena con Dios. Ciertamente las expresiones que tienen sabor místico no son numeras (el final del cap. 7 cuando el monje haya subido  los grados de humildad llegará aquel amor de Dios que excluye todo temor; las dos expresiones de los cap. 4 y 72: nada preferir al amor de Cristo; en el cap. 73, 8-9: entonces llegarás con la protección de Dios a las más altas cumbres de doctrina y virtudes; las luz deífica que menciona el Prólogo o su final (cf. 48-49): Mas cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios.

         Pues bien, yo creo, que también esté cap. 29 sobre El modo de salmodiar es una clara demostración del estremecimiento que apuntaba Goethe ante lo enorme, ante lo santo, lo experimentó san Benito, y nos invita a ese misma experiencia interior. Creemos que Dios está presente en todas partes, y que "los ojos del Señor vigilan en todo lugar a buenos y malos" (Pr 15,3), pero debemos creer esto sobre todo y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la Obra de Dios. Estamos ante lo Santo, ante lo enorme: Dios presente en todas partes. Dios presente. Dios presente sobre todo en el coro. Es sobrecogerse, estremecerse, ante la presencia de Dios. Solo ser conscientes de esta presencia, de la grandeza de esta presencia de Dios ante nosotros, sus criaturas, es para despertar los sentimientos de nuestra pequeñez y de su grandeza. Indignidad y agradecimiento ante la bondad gratuita de la magnificencia divina.

         Sin embargo, san Benito no se queda ante la mera contemplación de lo asombroso. Consideremos, pues, cómo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, y asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz. Aquí empieza nuestra tarea ante esta presencia asombrosa: asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz. Salmodiar es explicitar la fe; decir nuestra fe con las palabras del salmo. Algo tan asombroso que puede responder a la grandeza de la experiencia de sabernos en presencia de Dios. Si es grande el sentimiento religioso de la experiencia de la presencia de Dios, es grande la experiencia de nuestra respuesta de fe. Siendo así, el Opus Dei se convertirá en una experiencia mística cotidiana que nos hará saborear el honor de asistir a su presencia.


INTERVENCIÓN EN EL SÍNODO OCIST 2014



Hace un mes estuvo en España para una conferencia sobre la vida religiosa, Monseñor José Rodríguez Carballo, Arzobispo Secretario de la CIVCSVA, y a propósito de la vida contemplativa realizó unas afirmaciones que me gustaría señalar. Afirmó que se estaba reelaborando una nueva Exhortación Apostólica que sustituirá a la Verbi Sponsa; para ello las comunidades contemplativas iban a recibir un cuestionario que incidiría sobre cuestiones como la formación, porque las monjas deben de recibir una formación adecuada para ese estilo de vida; la clausura, que no tiene que identificarse con la reja; la dependencia o tutela del Obispo o del Superior carismático correspondiente; la autonomía local. Y a propósito de la autonomía hizo unas afirmaciones contundentes. “La autonomía es un problema muy serio. Yo creo que me quedo corto si digo que el 75 % de los monasterios no pueden ser autónomos porque no tienen condiciones para ser autónomos. Hay una laguna legislativa porque está determinado el número requerido para fundar un monasterio, pero no está estipulado cuando se debe cerrar. No está claro cuando un monasterio deja de ser autónomo”.



                Y creemos que tiene razón Monseñor Carballo porque en la historia monástica cuando las comunidades gozan de todas las condiciones (número, liderazgo, previsión de futuro), la autonomía local ha dado brillantes resultados, pero cuando las comunidades son disfuncionales y donde falta el liderazgo, la falta de supervisión o de intervención externa, frecuentemente ha dado malos resultados. Porque una autonomía local no supervisada puede llevar a la erosión de los valores monásticos fundamentales. Y no, porque los monjes que forman la comunidad se pongan de acuerdo en un relajamiento de su vida monástica, sino porque inadvertidamente la comunidad se encuentre centrada demasiado en su situación vital y en sus fuerzas físicas, centrada mucho en sí misma y se legitima todo lo que ocurre dentro de la comunidad como “lo mejor posible”. La autonomía, pues, puede ser también propensa a degenerar, sino existe algún medio de revisión de la calidad de la vida comunitaria. Y esa revisión es tanto papel de la comunidad misma como del visitador.



                Ciertamente a nuestros monasterios en España no ha llegado está encuesta a la que se refería Monseñor Carballo, que se positivamente ha llegado a las otras Ordenes. Tal vez tenga algo que ver con ello el hecho de que nuestra Orden ya desde que el Papa Calixto II dio su aprobación a los Cistercienses quedó sancionado que nuestros monasterios eran independientes y sin embargo, sujetos a supervisión “en los asuntos tanto humanos como divinos”. En primer lugar, mediante el mantenimiento de la relación con la casa fundadora. Según la Carta de Caridad (4,5-6) la visita anual no era una injerencia en la autonomía local porque se trataba de secundar los esfuerzos pastorales del abad local, no para ignorarlos: …se guardará muy mucho de disponer, ordenar o cambiar alguna cosa relativa al lugar que visita contra la voluntad del Abad y de los hermanos; pero si se da cuenta de que allí no se observan los preceptos de la Regla o de nuestra Orden, trate de corregirlo caritativamente, contando con el Abad local. Y en segundo lugar, mediante la reunión anual de los abades en el Capítulo General que tenían una función pastoral más que legislativa. Además se añade el hecho de que en nuestra legislación no se produce ese vacío legal al que apuntaba Monseñor Carballo porque en nuestro particular Estatuto de fundaciones se contempla, a nuestro parecer pedagógicamente, las normas generales para la reducción y supresión de los monasterios.

                La normativa está ahí. Ahora nos convenía preguntarnos si efectivamente la usamos. Porque apreciamos tanto nuestra autonomía y respetamos la de los otros, que solo en situaciones extremas nos atrevemos a intervenir en los asuntos internos de otra comunidad. Actuamos ciertamente, cuando la situación de precariedad de una comunidad es extrema. Pero la cuestión que deberíamos plantearnos concierne más bien a la prevención de esas situaciones extremas.

                A esto se añade el voto benedictino de estabilidad que da al monje un sentido de pertenencia a su monasterio muy esencial y por el que los monjes y las monjas llegan a ser “amantes del lugar y de los hermanos”. Por eso es muy difícil cuando, por alguna razón, hay que cerrar un monasterio y dispersar a los hermanos; más que como un simple cambio, es visto como un desarraigo.

                En estos últimos años hemos tenido ya experiencia de supresión de 3 monasterios. Y los tres casos han tenido sus particularidades distintas.

                El caso de Málaga. Santa Ana de Málaga fue un monasterio que fue ayudado por mucho tiempo con personal de otros monasterios. Después lo tomo a su cargo Santo Domingo de la Calzada y cuando las hermanas de Santo Domingo vieron inviable seguir derrochando energías para nada, se determinó su supresión. Votaron las monjas en capítulo presididas por la Abadesa de la Calzada y se aprobó su supresión. Dos monjas decidieron ir a Santo Domingo y otras dos al otro monasterio del Atabal en el mismo Málaga. Se está a la espera de vender el monasterio y se repartirán los bienes a partes iguales entre los monasterios que han acogido a las monjas.

                El caso de San Quirce. Este monasterio es casa dependiente del monasterio de Valladolid: la comunidad está compuesta por 5 hermanas que habitan todavía hoy su monasterio. Las Huelgas de Valladolid lleva la dirección de esa comunidad ayudada en las cosas materiales por personal exterior que cuida a las hermanas en sus necesidades materiales, porque ellas quieren permanecer en su casa hasta que la situación pueda ser sostenible. Por lo tanto, son monjas de las Huelgas, San Quirce es un monasterio suprimido, pero las cinco hermanas viven en su antiguo edificio.

                El caso de Oyon. Se trata de un caso paradigmático del proceso desde un monasterio sui iuris a priorato dependiente con autonomía relativa, para pasar más tarde a una fusión de monasterios y el traslado de toda la comunidad de Oyon al monasterio de Lazkao y su incorporación efectiva a la comunidad.

                Estos tres casos nos demuestran que las situaciones no tienen siempre una solución igual; sino que se puede adaptar el derecho a cada situación para que las soluciones no sean dramáticas. Pero eso sí. Hay que ser realistas.



                Aparte de las formas estrictamente legales para encarar las situaciones extremas de precariedad de nuestros monasterios, que nos parecen muy pertinentes porque son pedagógicas y procesuales, dando así a las comunidades oportunidad y tiempo de mentalizarse y hacer duelo, se nos ocurren tres maneras que nos pueden ayudar a enfocar la situación de precariedad que se nos avecina: la comunicación, la cooperación y la comunión entre los monasterios.

                La comunicación, porque dada la complejidad de la vida moderna los monasterios autónomos van a tener más difícil cada día ser autosuficientes. Nos vamos a necesitar más. Conocernos e informarnos unos a otros de soluciones o de experiencias realizadas, de trámites, de ayudas, etc. Estar al tanto e interesarse por otras realidades nos posibilita reconocer que las mismas necesidades pueden darse en nuestra casa. Y nos ayuda también a incrementar los lazos, los afectos, las relaciones que favorezcan la confianza a la hora de plantearse y resolverse situaciones de precariedad más extrema. Nos hace más abiertos a dar y a recibir apoyo con ocasión de las necesidades.

                La cooperación, por ejemplo, en el área de la formación es crucial. Porque casi ningún monasterio está en condiciones de formar autónomamente a sus monjes. No basta con enseñarles las prácticas monásticas, hay que darles una formación más completa. Por eso la cooperación en la formación es indispensable. Los cursos de formación en Roma y los de las diversas Congregaciones nos sirven que afirmaba el Abad General en un reciente artículo me parece hoy, más urgente que nunca, que todas las comunidades y toda la orden en su conjunto, estén nutridos de una enseñanza común, porque esto genera con el tiempo una unidad de objetivos, de juicios, de sabiduría, que hace su comunión libre y sólida Y lo mismo puede aplicarse a la litúrgica porque es bueno una cierta uniformidad de la estructura del oficio coral y las ceremonias. Nos hace sentirnos en casa en todos los monasterios.

                La comunión, en el reconocimiento de nuestra vocación común. Tenemos y reconocemos en los otros monasterios una vocación común. Una pertenencia a la Congregación y a la Orden que debe definirse en unas relaciones de nobleza y evangelio. De honestidad y generosidad para el empeño común de solidaridad e intercambio.

                Concluimos. Nuestra autonomía tiene que ser siempre pastoral, es decir, siempre para el bien. Y por eso tiene que ser supervisada. Para que nuestro monasterio, para que nuestra Congregación, para que nuestra Orden no se desvíen del objetivo común cristiano de extender el “Reino de Dios” en el mundo.


              CHARLAS DEL CAPÍTULO


 2-8-2014 

Una expresión que está de moda hoy entre los jóvenes para designar a una persona especial, privativa, original, única, es decir que “es auténtica”. Y auténtica es lo que nos dice san Benito del oratorio: El oratorio será lo que dice su nombre. Eso es ser auténticos: ser lo que somos. Cada una ser lo que es. Pero en nuestro caso ser lo que somos es más que un ser nosotras como personas individuales; es ser también “monjas de” una determinada comunidad. Ser lo que somos y ser monjas de esa es nuestra autenticidad. Y esa autenticidad nos da un tono común y un tono privativo de cada una. Y cada tono tiene que ser respetado y armonizado para la comunidad sea auténtica. Es lo que nos dice san Benito del oratorio. Ser lo que dice su nombre. El oratorio es para orar. Exclusivamente para orar (no se lo use para otra cosa). Pero con tonos distintos que san Benito contra distingue claramente en el capítulo. Hay una oración litúrgica y hay una oración privada.

A la oración litúrgica la llaman “Oficio Divino”, es decir, trabajo de Dios, trabajo de todos dando la reverencia debida a Dios, pero sin olvidar la deferencia al hermano: Cuando terminen la Obra de Dios, salgan todos en perfecto silencio, guardando reverencia a Dios, de modo que, no se lo impida la importunidad de otro,….  no sea que moleste a otro. Es pues, una oración de comunitaria de tono reverencial ante la presencia de Dios, con gestos unánimes, en la que somos más “monjas de” que identidad individual. Y esto no lo deberíamos olvidar. Porque no soy yo la que elige las palabras para reverenciar a Dios, las elige la Iglesia. No soy la que elige los tiempos o los gestos para orar, los elige la comunidad. En la oración litúrgica es más la comunidad la que reza, y yo en ella y con ella en gestos y palabras, que yo rezando vísperas.

Pero en el oratorio también se realiza otro tipo de oración, la  oración privada y personal. Esta sí, tiene otro tono más subjetivo. Y aquí expone san Benito una síntesis de su enseñanza sobre la oración fundamentada en la Escritura, Casiano y la tradición monástica. Se debe orar en voz baja (Cipriano dice que Dios oye no a quien grita, sino al corazón que gime), con lágrimas y compunción del corazón. Es la “oración pura” que expresa el amor de un corazón ardiente, en clara referencia a la aflicción del publicano del evangelio y a la caridad de la pureza de corazón de Casiano que es la meta en la que coinciden amor y contemplación. Aquí somos nosotras, cada una de nosotras, ante Dios. Pobres, pecadoras, pequeñas, pero amadas y amantes. Agradecidas por el inmenso amor de Dios y pedigüeñas de un amor siempre más grande.

Esto es lo que nos ha querido distinguir san Benito de modo evidente. Una distinción que le era muy querida, entre oración comunitaria y oración privada, de la que no debemos olvidarnos nosotras para no mezclar tonos y ser en cada una de ellas, con su diversidad tonal, monjas auténticas.

 20-7-2014 
 El capítulo 41 parece un capítulo menor. Porque determinar a qué hora se debe comer no parece un tema muy importante. Sin embargo hay en capítulo un par de ideas que si me parecen interesantes de comentar.

La primera que llama la atención es ( ¿cómo no? ) el concepto de moderación. Siempre se nos ha dicho que para San Benito es de gran importancia el principio de  la moderación o la discretio  que debe diferenciar la abadesa. A la que exhorta a comportarse siempre como verdadero pastor sin que nunca pierda de vista la salvación de las almas. Este debe temperar y disponer todo de modo que las almas se salven – dice el capítulo. Y esto es muy interesante porque el discernimiento no es discernir hacia lo justo, lo que se debe hacer, lo que está mandado; sino moderar  hacia el bien de las hermanas, hacia su favor, hacia su bien estar, hacia su salvación integral. 

Porque, en efecto, el capítulo señala que desde Pentecostés, durante el verano, si los monjes no trabajan en el campo o no les molesta un calor excesivo, ayunen los miércoles y viernes hasta nona,  y los demás días coman a sexta. Pero si trabajan en el campo, o el calor del verano es excesivo, la comida manténgase a la hora sexta. Quede esto a juicio del abad… No es que san Benito quite el ayuno, pero no es el ayuno de cuaresma, ni del invierno. Porque ¿Cuándo se trabaja más en el campo? En verano. Y ¿Cuándo es excesivo el calor, sobre todo en zonas como el centro o sur de Italia? En verano. Por tanto, prácticamente, en verano todos los días incluso, miércoles y viernes, se come a sexta y no se espera a nona.

Por lo tanto, la primera idea es que la moderación debe inclinarse siempre hacia el bien, hacia la bondad, hacia la misericordia, hacia la benevolencia. El papa Francisco lo llama “el principio misericordia”.

La segunda idea, también muy interesante, reside en la motivación que da san Benito para dicho discernimiento benevolente: para  que los hermanos hagan lo que hacen sin justa murmuración. Es la primera vez en toda la regla en la que admite que pueda existir una “justa murmuración” o lo que es lo mismo “una crítica fundada”. Y es verdad, puede haber una justa murmuración si la abadesa buscando lo justo no acierta con la medida justa. Porque en esa delgada línea de lo justo, no todas se sienten atendidas o comprendidas y comiencen a murmurar. Por eso es mejor ensanchar la línea desde la misericordia para que todas se sientan integradas en ella. Esto no es una invitación al relajamiento, sino a la integración de todas de modo que todas, todas, las almas se salven.

Pacomio escribe en su regla que si un hermano murmura “como si fuese apesadumbrado por un penoso y fatigante trabajo, se le debe demostrar que no tiene razón hasta en cinco ocasiones, pero si todavía sigue murmurando, se le quite del trabajo y se le lleve a la enfermería y se le trate como un enfermo, para probar si su lamento es justificado”. Y si es justificado, escucharlo.

Asi, pues, la abadesa debe procurar inclinarse hacia la benevolencia en todos sus discernimientos para evitar “lamentos justificados” y lograr así un bienestar integral de sus hermanas para que sus almas se salven.

 3-5-2014
 La “palabra de salvación” que me cayó en suerte el domingo pasado para reflexionar y rezar durante esta Semana Santa fue esta: Ene Aita, ahal bada, urrun izazu neregandik edari samin hau,= Padre mío, si es posible, aleja de mi esta amarga bebida. Palabra que me ha ido acompañando sobre todo durante el Triduo hasta ayer Sábado Santo. Las reflexiones y las preguntas que me ha suscitado este versículo son las que los seres humanos hacemos recurrentemente a Dios en tiempos de desgracia: ¿No es posible llegar a la Pascua de otro modo? ¿Es necesario morir, pasar por la pasión, para llegar a la gloria y a la vida? ¿Por qué tenemos que pasar por la desgracia? ¿Por qué eliges Padre caminos tan desconcertantes que humanamente no podemos ni comprender ni desear?



            Pero ayer Sábado Santo me di cuenta que tales preguntas son falsas. Son preguntas humanas, de seres sometidos al tiempo, de seres piensan la realidad en concepciones mentales de “antes y después”: para los que la Pascua es un tránsito temporal: pasar primero por una situación de desgracia para llegar después a una situación de vida. Pero no es así en Dios. Dios no está sometido al tiempo, por eso para Dios el cáliz de amargura es al mismo tiempo cáliz de salvación y por eso alzar a Cristo en la Cruz es “levantar la copa de la salvación”. No hay Sábado Santo, no hay tiempo intermedio entre apurar el cáliz de amargura y gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Cristo muere apurando el vaso y es Pascua porque muere en los brazos del Padre. Morir en el Padre es Pascua. Morir es Pascua.  Por eso cada vez que morimos apurando los cálices amargos de las pequeñas o grandes muertes de cada día hasta el fondo descubrimos que son cálices de salvación. El secreto está en apurarlas hasta el fondo, en llegar confiadamente hasta el fondo, porque es precisamente en el fondo donde nos espera Dios. El secreto está en tener la confianza que Cristo tuvo en el Padre para apurar hasta el fondo. Entonces podremos recitar desde la experiencia de verdad el salmo 138 rebosando agradecimiento y ternura.

  13-4-2014



La espiritualidad del Oficio Divino afirma que la finalidad del mismo es la santificación del tiempo. Para ello nos reunimos 7 veces al día para recordar explícitamente a Dios, al mismo tiempo que recordarnos que todo nuestro tiempo es santo, es decir, tiempo de Dios; y que por lo mismo, tiene que estar dedicado a Dios y a la alabanza de su amor.



Pues bien, si todo el tiempo para el cristiano es santo, ¿cuánto más esta semana que vamos a comenzar y a la que la tradición de la Iglesia ha llamado la semana santa por excelencia? Semana Santa. Santa en primer lugar, porque vamos en ella a hacer memoria, casi en tiempo cronológico, de los últimos días de Jesús en nuestra carne humana. Pero santa, sobre todo, porque en esos acontecimientos últimos de la vida y muerte de Jesús, Dios Padre se nos va a revelar como Amor hasta el extremo, como auto donación  de amor al hombre hasta consentir en la muerte de su Hijo por nosotros. En esto radica la santidad de esta semana,, aquí radica el asombro agradecido del creyente. Por ello nos viene a la memoria el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia:



            Mirad los escépticos, pasmaos y anonadaos; porque en vuestros días estoy realizando una obra tal que no os la creeréis, aunque os la cuenten.

Si, hermanas, esa es la semana de la gran obra de Dios, este es el amor hasta la muerte que revela el corazón de la Trinidad. Por eso, cuando el Viernes nos muestren por 3 veces solemnemente el crucifijo y nos proclamen: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”, ojalá Dios nos conceda la inteligencia espiritual de creyente que al mirar la cruz sabe ver hasta dónde llega el amor de Dios.



Y para vivir con profundidad espiritual esta Semana Santa no tenemos que hacer nada extraordinario: basta que nos dejemos guiar por la liturgia de la Iglesia y acompañemos a Jesús en los últimos días en la tierra. Acompañarle con el afecto más tierno de nuestro corazón en los días previos a su prendimiento, cuando el “poder de las tinieblas” –como dicen san Lucas- estaba tramando su muerte. Acompañarle con la intimidad del amigo en la última cena con sus discípulos y aprender a lavar y a dejarnos lavar los pies. Acompañarle en su angustia “con gritos y lágrimas de Getsemani, y acompañar también a María al pie de la cruz. Y después esperar, no ante la tumba vacía, sino en el huerto de nuestro corazón donde habita la esperanza cierta de su resurrección.



Semana Santa. Semana para contemplar las grandes verdades de nuestra fe y asentarnos definitivamente en la alegría y en la paz pascual. Porque a pesar de las grandes pruebas, injusticias y sufrimientos que dominan ahora las realidades del mundo, la muerte y resurrección de Cristo Jesús es la prueba definitiva del amor de Dios, del triunfo de la vida, de la victoria del bien sobre el mal. Por eso después de leer, meditar y rezar las narraciones de la Pasión del Señor, ¡ qué consolador resulta recordar  sus palabras!



            “Os digo esto para que, unidos a mi, tengáis paz: en medio del mundo tendréis luchas, pero ánimo, que yo he vencido al mundo”

Solo así podemos denominar “santa” a esta semana, sólo así podemos anonadarnos ante Dios, porque tanto sufrimiento, tanta maldad, tanta injusticia, no acaba en muerte sino en vida. Porque Dios todo lo convierte en VIDA.


16-3-2014

       La vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, sin embargo como son pocos los que tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de cuaresma guarden su vida con suma pureza.

       Para san Benito la cuaresma es un tiempo de gracia, un tiempo de salvación, un tiempo para tomar en serio y revisar  nuestra vida a la luz de la Pascua, es decir, cara a la Verdad del proyecto de Dios para los hombres a la luz de las enseñazas evangélicas. Un tiempo para ajustar cómo situar juntos límite (nuestra fragilidad y pecado cotidiano) y la llamada de Dios a la santidad. Un tiempo de tensión para plantearnos seriamente la pregunta sobre si  estoy o no respondiendo al proyecto de Dios para mi vida. 

Pero no es un tiempo triste. ¡Al contrario!, es un tiempo estimulante porque acaba en la alegría pascual. Dice Cencini a este propósito que “no somos felices, no somos pascuales, porque hemos perdido el gusto por la santidad que es la única razón seria y duradera del gozo del religioso; y por consiguiente hemos canonizado la mediocridad que es la causa de la única tristeza para el cristiano. No se trata de hacer nada especial, hacer cosas excepcionales de obras o gestos, de renuncias y sacrificios extraordinarios, sino de recuperar la verdad de la santidad…, se trata de una conciencia que hay que despertar, de un deseo de coherencia con nosotros mismos, con los otros, con Dios y con la misión recibida. Se trata de despertar del letargo de la mediocridad, de hacer que fructifique el talento, y no de esconderlo, como la vida del creyente convencido y gozoso, humilde y tenazmente enamorado del Señor Jesús… que no pretende ser sin mancha y sin defectos, pero que no hacen jamás las paces con sus incoherencias…Se tiene pues, que declinar la santidad entrelazando radicalidad evangélica y vida cotidiana.

Esta es la via regia por la que debemos caminar, en la alegria del Espíritu Santo, sin desviarnos a la derecha, en la dirección de la arrogancia o del perfeccionamiento moral, ni hacia la izquierda, en la dirección de los vicios.  En efecto, san Pablo nos dice en 1Cor, 13 que podemos entregar nuestros bienes a los pobres y nuestro cuerpo al fuego y no tener caridad. El carisma mejor que es la caridad cristiana no se identifica ni con la donación de bienes, ni siquiera con entregar la vida. La santidad es cuestión de amor, cuestión de caridad ordinaria, de todos los días: es el amor que no es envidioso, sino humilde, respetuoso, tolerante y entregado.

            En fin, la santidad nos exige que no antepongamos nada al amor gratuito e inmenso del Señor y, por lo tanto, requiere que por ese amor estemos dispuestos, a intentar cada día rechazar todo lo mediocre, todas nuestras incoherencias cotidianas. No siempre lo lograremos, pero el esfuerzo y la tensión serán dichosos porque serán pascuales.



26-1-2014 

Queridas hermanas:



Hoy es un día entrañable para todas nosotras porque hacemos memoria de nuestros fundadores. De los hombres que tuvieron la intuición del carisma con el que nos hemos identificado y que va marcando nuestro camino de vuelta a Dios -como dice la Regla en el Prólogo-.

Nuestra Orden es una orden antigua, formalmente, la primera en la historia de la Iglesia, con una tradición secular, una espiritualidad propia y santos y santas que han dejado huella perenne en la Iglesia. Todo ello debe ser motivo de orgullo, como el de aquellos que pertenecen a familias con personajes ilustres entre sus apellidos. Orgullo sí, pero también responsabilidad, porque no podemos ser menores que nuestros antepasados. Es por eso que os invito a leamos hoy, de nuevo, el pequeño relato de los comienzos; el Exordio Parvo de nuestra Orden.



La primera idea que nos surge ante su lectura es un poco paradójica. Estamos tradicionalmente acostumbradas a hablar de nuestros santos fundadores: Roberto, Alberico y Esteban, (nuestros Tres monjes rebeldes) y es verdad que estos tres abades representan el iter evolutivo del ideario primigenio cisterciense. Pero la narración del Exordio Parvo es unánime en destacar que, no tantos los individuos, sino el grupo de los  monjes que salieron de Molesmes son los verdaderos fundadores del Cister. En efecto, dice el texto: Nosotros los primeros fundadores de esta iglesia cisterciense, queremos manifestar a nuestros sucesores con el presente escrito, cuán canónicamente, con cuánta autoridad, por quiénes y en qué tiempo se originó el monasterio y su estilo de vida para que, divulgada la sincera verdad de los hechos, amen con mayor empeño el lugar y la observancia3 de la santa Regla que, con la gracia de Dios, nosotros allí comenzamos; oren por nosotros, que hemos soportado sin desfallecer el peso y el ardor de la jornada4,  y se esfuercen hasta el último aliento5 por el arduo y angosto camino6 que la Regla señala; de modo que, dejada la carga de carne8, reposen felizmente en el descanso eterno (EP, Pról).



Cister es el proyecto espiritual inspirado de una comunidad-grupo de 21 monjes que partieron de Molesmes espoleados unánimemente por un proyecto monástico con un claro ideal: la renovación del monacato a través de la fiel observancia de la Regla de San Benito. Aquellos hombres, cuando estaban en Molesmes, hablaban a menudo entre sí, inspirados por la gracia de Dios, de la transgresión de la Regla de san Benito, padre de los monjes, y se lamentaban y entristecían al ver que la promesa que habían hecho ellos y los demás monjes con profesión solemne, de guardar esta Regla, la habían abandonado casi por completo, y que, por lo tanto, incurrían a sabiendas en pecado de perjurio. Por eso se dirigían hacia aquella soledad, con la autoridad del Legado de la Sede Apostólica, para educar su profesión a la observancia de la santa Regla (EP, IV).



Cister es, pues, el fruto acabado de la oración, de la reflexión y discusión, del empeño en el esfuerzo y de la perseverancia en el ideal, de un grupo de monjes insatisfechos con su forma de vivir la vida monástica y que quieren ajustarse en adelante más estrecha y perfectamente a la Regla de san Benito, que hasta entonces habíais observado en aquel monasterio con tibieza y negligencia (EP, I). Y en pincelada genial el Exordio Parvo traza como marca distintiva que califica a los primeros candidatos y fundadores de Cister como compañeros ávidos de la Regla. En efecto, después de esto, confiados en el apoyo de una autoridad tan grande, el Abad Roberto y los suyos regresaron a Molesmes, y de entre aquella pía comunidad de hermanos eligieron compañeros ávidos de la Regla (EP,IV). Nuestros fundadores estaban, remarca el texto, “ávidos de la Regla”. ¡Qué hermoso! ¡Una comunidad "ávida de la Regla"!, quizás sea una de las más hermosa definición de una comunidad cisterciense.



Pero añade más el texto: …llegados allí los varones de Dios comprendieron que tal lugar era tanto más apto para la religión que habían ya concebido en su ánimo cuanto era él más despreciable e inaccesible a los mundanos (EP IV). Frase que admite al menos dos interpretaciones. 



Una textual: el lugar era despreciable a los mundanos; es decir era un lugar pobre y abandonado, lo último que humanamente uno elegiría; y también inaccesible a las pisadas humanas, es decir un lugar solitario, el desierto no frecuentado por los hombres. Pero admite también tiene una interpretación espiritual; es decir,  pobre e inaccesible a los humanos puede remitirnos al modo de hacer de Dios: a la kénosis, al puro don de Dios y no al mérito de los hombres, a lo dado gratuitamente no a lo conquistado por el hombre.



Y continua el texto: hablaban entre sí de la poca observancia de la Regla y se entristecían de que habiendo prometido guardar la regla, la cumplían mínimamente (EP IV) ¡Que hermoso sentir pena ante la tibieza y deseo de más! (el magis de san Ignacio: siempre mejor, siempre más). Todo lo contrario de lo mínimo, de hacer solo “lo justo, lo preciso, lo necesario”. No. Siempre más y mejor.



Hermanas, estamos orgullosas de estos fundadores, pero ¿somos hijas de estos fundadores? ¿Estamos ávidas de la regla o buscamos siempre dispensas hoy por esto, mañana por lo otro? ¿La Regla en nuestra vida se ha convertido meramente en la lectura obligada del capítulo o en camino existencial de plenitud en Dios? ¿Estamos ávidas de la Regla, ávidas de Dios,  desando siempre más y mejor...?



¿Y la soledad y la pobreza? ¿Hemos descubierto el gozo de estar solas a solas con el Señor? ¿Hemos descubierto el desierto, el apartarse de lo mundano?, o ¿nos tenemos que llenar de personas, noticias y divertimentos para que pase el tiempo de nuestra vida?¿Amamos el “lugar despreciable”, el último puesto, lo que la gente del mundo no quiere?



Comunidad ávida de la Regla, pobre y abajada, amante de la soledad de la periferia son notas que surgen  espontáneas ante la lectura de nuestros orígenes y que nos parecen notas pertinentes que a menudo deberíamos transformar en preguntas sobre nuestra forma de vivir la vida monástica, porque nuestros fundadores nos enseñan que esa es la forma acabada de ser cistercienses.  



                                                                26 de Enero de 2014, 

                                                                                Solemnidad de nuestros santos Fundadores, 

                                                                                                      Roberto, Alberico y Esteban.