“Una
luz sin ocaso iluminará a tus santos, Señor y la eternidad los esclarecerá”
“Hermanos míos,
si no somos capaces de hablar de un solo santo de Dios y contar su gloria,
¿cómo podremos hacer un sermón de todos sus santos? Nos es mucho más necesario
que vivamos de tal modo que podamos llegar a su gloria. ¿Entonces, qué
tendremos que hacer? ¿Cómo podremos llegar a aquella gloria? Escuchemos pues,
hermanos, un consejo saludable. ¿De quién podemos fiamos más que de quien ha
llegado a tal gloria? El ciertamente conoce el camino que él mismo recorrió.
Escuchemos, pues, lo que nos dice uno de los grandes amigos de Jesús: Humillaos
bajo la poderosa mano de Dios para que él os exalte.
Sabéis cómo ahora alaban en todo el
mundo a los santos de Dios: a los ángeles, a los arcángeles, a los apóstoles, a
los mártires, a los confesores, a las vírgenes. Así resuenan hoy los cantos en
la santa Iglesia, los himnos, las luces y todo lo que concurre a la festividad.
Los cantos expresan el júbilo eterno de los santos por el gozo sin fin que
reciben de Dios. Los himnos la alabanza inefable con que sin cesar se dirigen a
Dios. Por eso dice el salmista: Dichosos los que habitan en tu casa, Señor; te
alabarán por los siglos de los siglos. Las luces, la luz perpetua en la que
están sumergidos los santos de Dios. Por eso habéis cantado esta noche: Te
rodea, Señor, una luz perpetua en la que descansan las almas de los santos.
Ahora, hermanos, pensad, si podéis, qué
gloria tan grande tendrán en el cielo los que así pueden ser glorificados y
honrados en la tierra. Ciertamente, hermanos, si pudiésemos abrazar con una
sola mirad toda la gloria, alabanza, y gozo del mundo, en comparación de aquel
gozo no es más que una gran miseria”.
(Elredo de Rievaulx, Serm. 2. En
la festividad de todos los Santos).

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