25 nov. 2016

Pedagogía litúrgica del Tiempo de Adviento


En su pedagogía litúrgica el Adviento nos pide una enorme apertura a toda nuestra humanidad. En la perspectiva de la Verdad el Adviento nos enfrenta con la naturaleza caída de todo hombre, por lo que está necesitado de salvación, redención y liberación. En la perspectiva del Amor, el Adviento es un grito de esperanza salvífica para hacernos responsables de nuestro vicios y dejarnos llenar con las virtudes, dones y carismas del Espíritu Santo que desciende sobre cada uno nosotros. En la perspectiva de la Vida que lleva a su realización a la mística, el Adviento debe ser el memorial del sentido del tiempo y de la eternidad hacia la Parusía, en una evolución de desapego de todo lo que no sea santificado por Dios, de un continuo vaciarnos de nosotros mismos para prepararnos a acoger el abrazo salvador de Jesús el hijo de Dios. Dejándolo todo, lo siguieron, recibiendo el ciento por uno[1]
La monja o el monje tienen que convertirse en manifestación de este arquetipo fundamental que es la dimensión constitutiva más profunda de toda vida humana. El misterio del hombre no es el hombre sino las Tres Personas de Dios que lo inhabitan, en comunión con toda la humanidad y el cosmos. Esta experiencia, de que el monje no es su yo, sino la Trinidad  en la Totalidad. Es lo que en sí, nos hace extraños a la mundanidad diabólica puesta bajo el poder del mal caótico[2],  al que tenemos que renunciar. De ahí el nombre de Renunciantes que nos dio el monacato primitivo para expresar nuestro anhelo de vivir cara a Dios, renunciando al mundo[3]

Despierta en nosotros, Señor, el amor a la verdad; suscita en noso­tros el espíritu de oración y de conversión y haz que salgamos peregrinos al encuentro del que es la Navidad. Concédenos, Señor, lle­gar a la noche santa de la Navidad con un corazón renovado y lleno de fe, esperanza y caridad.




[1] Lc 5; Mt 19
[2] 1 Jn 5, 19 
[3]Casiano, Instituta, IV: De institutis