“¡Qué procesión tan dichosa y sublime! Ni los mismos apóstoles pudieron participar en ella. Escoltado por las almas santas y entre el regocijo de los coros celestiales, llega hasta el Padre y se sienta a la derecha de Dios”, dice San Bernardo[1].
La resurrección
culmina en la Ascensión, plenitud de toda la vida y obra de Jesús. Cristo aquí
es el Sol en el cénit de su resplandor y eficacia salvadora. Siembra en el
hombre la semilla de la esperanza y promete la presencia del Espíritu, que hará
al hombre capaz de vivir como creatura celeste, como imagen viva de Dios.
Este misterio de
Cristo invita a una contemplación jubilosa y llena de esperanza. Es una llamada
a trascender la realidad presente y elevar los pensamientos y deseos. Bernardo
siente la necesidad de meditar, resolver este misterio en la paz de la
conciencia y dejarse impregnar de su inmensa suavidad:
«¿Quién de
nosotros, al pensar en aquella vida futura, en aquella alegría, regocijo,
felicidad y gloria de los hijos de Dios, y al meditar todo esto en el sosiego
de su corazón, no prorrumpirá al instante, ante tanta plenitud e íntima
suavidad: Señor, qué bien estamos aquí? No en esta penosa peregrinación en que
camina el cuerpo, sino en esta suave y sabrosa meditación que se hace en el
corazón»[2].
