La
espiritualidad del Oficio Divino afirma que la finalidad del mismo es la
santificación del tiempo. Para ello nos reunimos 7 veces al día para recordar
explícitamente a Dios, al mismo tiempo que recordarnos que todo nuestro tiempo
es santo, es decir, tiempo de Dios; y que por lo mismo, tiene que estar
dedicado a Dios y a la alabanza de su amor.
Pues
bien, si todo el tiempo para el cristiano es santo, ¿cuánto más esta semana que
vamos a comenzar y a la que la tradición de la Iglesia ha llamado la semana
santa por excelencia? Semana Santa. Santa en primer lugar, porque vamos en
ella a hacer memoria, casi en tiempo cronológico, de los últimos días de Jesús
en nuestra carne humana. Pero santa, sobre todo, porque en esos acontecimientos
últimos de la vida y muerte de Jesús, Dios Padre se nos va a revelar como Amor
hasta el extremo, como auto donación de
amor al hombre hasta consentir en la muerte de su Hijo por nosotros. En esto
radica la santidad de esta semana,, aquí radica el asombro agradecido del
creyente. Por ello nos viene a la memoria el discurso de Pablo en Antioquía de
Pisidia:
Mirad los escépticos, pasmaos y
anonadaos; porque en vuestros días estoy realizando una obra tal que no os la
creeréis, aunque os la cuenten.
Si,
hermanas, esa es la semana de la gran obra de Dios, este es el amor hasta la
muerte que revela el corazón de la Trinidad. Por eso, cuando el Viernes nos
muestren por 3 veces solemnemente el crucifijo y nos proclamen: “Mirad el
árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”, ojalá Dios
nos conceda la inteligencia espiritual de creyente que al mirar la cruz sabe
ver hasta dónde llega el amor de Dios.
Y para
vivir con profundidad espiritual esta Semana Santa no tenemos que hacer nada
extraordinario: basta que nos dejemos guiar por la liturgia de la Iglesia y
acompañemos a Jesús en los últimos días en la tierra. Acompañarle con el afecto
más tierno de nuestro corazón en los días previos a su prendimiento, cuando el
“poder de las tinieblas” –como dicen
san Lucas- estaba tramando su muerte. Acompañarle con la intimidad del amigo en
la última cena con sus discípulos y aprender a lavar y a dejarnos lavar los
pies. Acompañarle en su angustia “con gritos y lágrimas de Getsemani, y
acompañar también a María al pie de la cruz. Y después esperar, no ante la
tumba vacía, sino en el huerto de nuestro corazón donde habita la esperanza
cierta de su resurrección.
Semana Santa. Semana para contemplar las
grandes verdades de nuestra fe y asentarnos definitivamente en la alegría y en
la paz pascual. Porque a pesar de las grandes pruebas, injusticias y
sufrimientos que dominan ahora las realidades del mundo, la muerte y
resurrección de Cristo Jesús es la prueba definitiva del amor de Dios, del
triunfo de la vida, de la victoria del bien sobre el mal. Por eso después de
leer, meditar y rezar las narraciones de la Pasión del Señor, ¡ qué consolador
resulta recordar sus palabras!
“Os digo esto para que, unidos a
mi, tengáis paz: en medio del mundo tendréis luchas, pero ánimo, que yo he
vencido al mundo”
Solo
así podemos denominar “santa” a esta semana, sólo así podemos anonadarnos ante
Dios, porque tanto sufrimiento, tanta maldad, tanta injusticia, no acaba en
muerte sino en vida. Porque Dios todo lo convierte en VIDA.
CAPÍTULO 49 DE LA REGLA DE SAN BENITO
De la observancia de la Cuaresma
La Santa Cuaresma es para
San Benito el tiempo modelo. El tiempo ideal de la vida del monje, un tiempo en
el que intentamos vivir con profundidad lo que deberíamos vivir a lo largo de
todo el año.
Es, pues, una nueva
oportunidad que se nos ofrece para revisar nuestra existencia, nuestras actitudes,
nuestro vivir cotidiano, a la luz de una
más viva reflexión sobre el amor que Dios nos tiene. Se trata de intentar vivir
durante este tiempo en una cada vez más profunda conciencia del personal del
admirable amor de Dios para con nosotras y de la pequeña respuesta que le
damos.
Todas sabemos, y creemos,
que el perdón de Dios borra todos los pecados. Que nuestros pecados una vez
confesados, y perdonados, no conviene ser ni recordarlos: deben abandonarse en
la región del olvido. Y sin embargo, para San Benito, y toda la tradición
monástica, el perdón no seca la fuente de las lágrimas.
… que borren también en estos días santos todas las
negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos
apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la
lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. (RB. 49, 2-3)
La oración con lágrimas y la
compunción / dolor de corazón que nos
reclama aquí san Benito, va más allá de
la penitencia y del dolor por los
pecados. La compunción, las lágrimas, son el fruto de una gracia especial de
Dios que nos deja conocer nuestros límites a través de nuestros pecados para
que así calibremos hasta dónde podemos
llegar en nuestro egoísmo, hasta dónde podemos caer en nuestras
autosuficiencias, qué condenación merecemos si Dios no nos hubiese salvado.
Pero, por otra parte, es la gracia también de percibir
claramente qué grande es la majestad de
Dios y qué pronto nos olvidamos de sus misericordias. Qué infinita es su
sabiduría para guiar nuestra vida y como siempre nos cuesta seguir sus planes.
Cómo nos ha cuidado y protegido con amor durante toda nuestra vida y qué respuesta
a ese amor más mezquina ha recibido de nuestra parte.
Este conocimiento
experimentado y vivo del amor de Dios nos debe provocar dolor, luto, compunción, pena, porque nos damos cuenta de que “no
somos más”, que aún nos falta mucho para llegar a ser la monja que Dios espera
de nosotras. Y como decía una canción de mi época juvenil, experimentamos
vivamente “que aún no soy yo, que aún no soy yo”.
Y sin embargo, estas lágrimas,
este dolor, no lo provoca una emoción de tristeza, sino la emoción de una intensa
alegría. Sentimos dolor, nos duele nuestra pequeñez, porque experimentamos vivamente
el amor de Dios y eso es un gran gozo. Son, pues, lágrimas de alegría y dulce dolor de corazón por
sabernos salvadas absolutamente por
gracia; porque Dios es bueno y nos ama. Nada más.
Para
conservar este gozoso dolor, esta conciencia del amor de Dios siempre más
grande, san Benito nos dice que necesitamos remover los obstáculos que nos lo
puedan amortiguar tales como la frivolidad, la risa estrepitosa y toda chabacanería.
Y crear un ambiente favorable: pobreza, soledad, lectio y la oración, y cómo no, la práctica de
las penitencias exteriores.
Pidamos, pues, que Dios nos
regale en esta Cuaresma el gozo de esas lágrimas, fruto de un corazón que se
siente inmensamente amado y que sabe que nunca llegará a agradecer
convenientemente tanto amor.
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