CAPÍTULO ABADESA PRESIDENTA -Semana Santa 2018-


M. Kandida Saratxaga, Abadesa Presidenta (2013)


MEDITACIÓN PARA LA SEMANA SANTA
La espiritualidad del Oficio Divino afirma que la finalidad del mismo es la santificación del tiempo. Para ello nos reunimos 7 veces al día para recordar explícitamente a Dios, al mismo tiempo que recordarnos que todo nuestro tiempo es santo, es decir, tiempo de Dios; y que por lo mismo, tiene que estar dedicado a Dios y a la alabanza de su amor.

Pues bien, si todo el tiempo para el cristiano es santo, ¿cuánto más esta semana que vamos a comenzar y a la que la tradición de la Iglesia ha llamado la semana santa por excelencia? Semana Santa. Santa en primer lugar, porque vamos en ella a hacer memoria, casi en tiempo cronológico, de los últimos días de Jesús en nuestra carne humana. Pero santa, sobre todo, porque en esos acontecimientos últimos de la vida y muerte de Jesús, Dios Padre se nos va a revelar como Amor hasta el extremo, como auto donación  de amor al hombre hasta consentir en la muerte de su Hijo por nosotros. En esto radica la santidad de esta semana,, aquí radica el asombro agradecido del creyente. Por ello nos viene a la memoria el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia:

Mirad los escépticos, pasmaos y anonadaos; porque en vuestros días estoy realizando una obra tal que no os la creeréis, aunque os la cuenten.
Si, hermanas, esa es la semana de la gran obra de Dios, este es el amor hasta la muerte que revela el corazón de la Trinidad. Por eso, cuando el Viernes nos muestren por 3 veces solemnemente el crucifijo y nos proclamen: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”, ojalá Dios nos conceda la inteligencia espiritual de creyente que al mirar la cruz sabe ver hasta dónde llega el amor de Dios.

Y para vivir con profundidad espiritual esta Semana Santa no tenemos que hacer nada extraordinario: basta que nos dejemos guiar por la liturgia de la Iglesia y acompañemos a Jesús en los últimos días en la tierra. Acompañarle con el afecto más tierno de nuestro corazón en los días previos a su prendimiento, cuando el “poder de las tinieblas” –como dicen san Lucas- estaba tramando su muerte. Acompañarle con la intimidad del amigo en la última cena con sus discípulos y aprender a lavar y a dejarnos lavar los pies. Acompañarle en su angustia “con gritos y lágrimas de Getsemani, y acompañar también a María al pie de la cruz. Y después esperar, no ante la tumba vacía, sino en el huerto de nuestro corazón donde habita la esperanza cierta de su resurrección.

Semana Santa. Semana para contemplar las grandes verdades de nuestra fe y asentarnos definitivamente en la alegría y en la paz pascual. Porque a pesar de las grandes pruebas, injusticias y sufrimientos que dominan ahora las realidades del mundo, la muerte y resurrección de Cristo Jesús es la prueba definitiva del amor de Dios, del triunfo de la vida, de la victoria del bien sobre el mal. Por eso después de leer, meditar y rezar las narraciones de la Pasión del Señor, ¡ qué consolador resulta recordar  sus palabras!

Os digo esto para que, unidos a mi, tengáis paz: en medio del mundo tendréis luchas, pero ánimo, que yo he vencido al mundo”
Solo así podemos denominar “santa” a esta semana, sólo así podemos anonadarnos ante Dios, porque tanto sufrimiento, tanta maldad, tanta injusticia, no acaba en muerte sino en vida. Porque Dios todo lo convierte en VIDA.

CAPÍTULO 49 DE LA REGLA DE SAN BENITO 

De la observancia de la Cuaresma
La Santa Cuaresma es para San Benito el tiempo modelo. El tiempo ideal de la vida del monje, un tiempo en el que intentamos vivir con profundidad lo que deberíamos vivir a lo largo de todo el año.
Es, pues, una nueva oportunidad que se nos ofrece para revisar nuestra existencia, nuestras actitudes, nuestro vivir cotidiano, a la luz  de una más viva reflexión sobre el amor que Dios nos tiene. Se trata de intentar vivir durante este tiempo en una cada vez más profunda conciencia del personal del admirable amor de Dios para con nosotras y de la pequeña respuesta que le damos.
Todas sabemos, y creemos, que el perdón de Dios borra todos los pecados. Que nuestros pecados una vez confesados, y perdonados, no conviene ser ni recordarlos: deben abandonarse en la región del olvido. Y sin embargo, para San Benito, y toda la tradición monástica, el perdón no seca la fuente de las lágrimas.
… que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. (RB. 49, 2-3)
La oración con lágrimas y la compunción / dolor de corazón  que nos reclama aquí  san Benito, va más allá de la penitencia  y del dolor por los pecados. La compunción, las lágrimas, son el fruto de una gracia especial de Dios que nos deja conocer nuestros límites a través de nuestros pecados para que así calibremos  hasta dónde podemos llegar en nuestro egoísmo, hasta dónde podemos caer en nuestras autosuficiencias, qué condenación merecemos si Dios no nos hubiese salvado.
Pero, por otra parte,  es la gracia también de percibir claramente  qué grande es la majestad de Dios y qué pronto nos olvidamos de sus misericordias. Qué infinita es su sabiduría para guiar nuestra vida y como siempre nos cuesta seguir sus planes. Cómo nos ha cuidado y protegido con amor durante toda nuestra vida y qué respuesta a ese amor más mezquina ha recibido de nuestra parte.
Este conocimiento experimentado y vivo del amor de Dios nos debe provocar dolor, luto, compunción, pena, porque nos damos cuenta de que “no somos más”, que aún nos falta mucho para llegar a ser la monja que Dios espera de nosotras. Y como decía una canción de mi época juvenil, experimentamos vivamente “que aún no soy yo, que aún no soy yo”.
Y sin embargo, estas lágrimas, este dolor, no lo provoca una emoción de tristeza, sino la emoción de una intensa alegría. Sentimos dolor, nos duele nuestra pequeñez, porque experimentamos vivamente el amor de Dios y eso es un gran gozo. Son, pues,  lágrimas de alegría y dulce dolor de corazón por  sabernos salvadas absolutamente por gracia; porque Dios es bueno y nos ama. Nada más.
Para conservar este gozoso dolor, esta conciencia del amor de Dios siempre más grande, san Benito nos dice que necesitamos remover los obstáculos que nos lo puedan amortiguar tales como la frivolidad, la risa estrepitosa y toda chabacanería. Y crear un ambiente favorable: pobreza, soledad,  lectio y la oración, y cómo no, la práctica de las penitencias exteriores.

Pidamos, pues, que Dios nos regale en esta Cuaresma el gozo de esas lágrimas, fruto de un corazón que se siente inmensamente amado y que sabe que nunca llegará a agradecer convenientemente tanto amor.


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Fin de Año: Capítulo 73 de la Regla de San Benito


La regla de San Benito es un camino sencillo: un principio de cambio de vida. El monje no tiene necesidad de hacer cosas espectaculares, ni de ocultar sus defectos porque probablemente nosotras seamos también del grupo de monjes “perezosos, licenciosos y negligentes” que componían la comunidad de Benito y tal vez ya no estamos ni en condiciones de proponernos a nosotras mismas grandes proyectos espirituales para el futuro imitando a los Padres y Madres del Desierto o a Casiano o a Basilio. Pero eso si. Todavía estamos en condiciones de practicar esta mínima regla que nos propone Benito. Todavía estamos en condiciones de crecer espiritualmente, de “apresurarnos hacia la patria celestial… por los caminos del Evangelio”. Y es significativo que cuando acaba su Regla San Benito, aún  reconociendo humildemente que dejamos mucho de desear o que no estamos físicamente para muchos trotes, todavía nos siga estimulando en este último capítulo de su regla a correr

-          correr hacía la perfección de la vida monástica

-          apresurarnos a que por un camino recto alcancemos a nuestro creador

-          llevar hacia la cumbre de la perfección

-          llegar a la cumbre de doctrina y virtudes



Es como si nos dijera: Venga, todavía estáis a tiempo de seguir al Señor. Todavía estáis a tiempo de ser santas, de ser cada día mejores, de crecer espiritualmente siguiendo al Señor.



Dice Chittister, la benedictina, que en este último capítulo san Benito nos promete que la meta de la pretensión humana de llegar hasta Dios está a nuestro alcance basta que queramos crecer espiritualmente cada día. Que no importa que tengamos tendencia a ser  perezosos, licenciosos y negligentes” pues como nos recuerda otra gran cristiana, Etty Hillesum



Hay en mí un pozo muy profundo. Y en ese pozo está Dios. A veces consigo llegar hasta él, pero lo más frecuente es que las piedras y los escombros obstruyan el pozo, y Dios quede sepultado. Entonces es necesario volver a sacarlo a la luz.  VOY A AYUDARTE, DIOS MIO, A NO APAGARTE EN MÍ



Así que al final de su Regla san Benito nos asegura que lo urgente y primordial es volver a comenzar.


CAPITULO LIX
LOS HIJOS DE NOBLES O DE POBRES QUE SON OFRECIDOS

Si quizás algún noble ofrece su hijo a Dios en el monasterio, y el niño es de poca edad, hagan los padres la petición que arriba dijimos, y ofrézcanlo junto con la oblación, envolviendo la misma petición y la mano del niño con el mantel del altar.
En cuanto a sus bienes, prometan bajo juramento en la mencionada petición que nunca le han de dar cosa alguna, ni le han de procurar ocasión de poseer, ni por sí mismos, ni por tercera persona, ni de cualquier otro modo. Pero si no quieren hacer esto, y quieren dar una limosna al monasterio en agradecimiento, hagan donación de las cosas que quieren dar al monasterio, y si quieren, resérvense el usufructo.
Ciérrense así todos los caminos, de modo que el niño no abrigue ninguna esperanza que lo ilusione y lo pueda hacer perecer, lo que Dios no permita, como lo hemos aprendido por experiencia.
Lo mismo harán los más pobres. Pero los que no tienen absolutamente nada, hagan sencillamente la petición y ofrezcan a su hijo delante de testigos, junto con la oblación.

Buena parte de las reglas monásticas antigua tomaban en consideración el caso de la acogida de niños en el monasterio por cuestiones de formación en las enseñanzas cristianas y en el temor de Dios. Sin embargo, solo al llegar a la edad adulta, era la decisión del joven la que validaba dicha entrada jurídicamente.

Sin embargo, san Benito introduce, en este capítulo, una grave innovación porque, aunque el ofrecimiento del niño haya sido hecho por sus padres, dicha oblación tiene para el niño una validez irrevocable. Es una verdadera profesión monástica y, por lo tanto, tiene su misma validez sagrada: el mismo carácter de ofrecimiento total a Dios. Por eso, como en una profesión en el momento del ofertorio se lee la carta de profesión y se firma ante el altar, en el caso de los niños se envuelve su mano en mantel del altar y se deposita la carta que regula las cuestiones patrimoniales a las que se compromete el y su familia de por vida.

Pero lo que más llama la atención de este capítulo es clara concepción de San Benito de que la entrada en el monasterio, la profesión monástica es una ruptura total con los valores del mundo. La renuncia al mundo es una salida de la mundanidad que olvida a Dios, una salida de la pasión por tener cosas; una salida de un modo de vivir que solo anhela poseer, disfrutar, divertirse… Decía abba Isaías que no se puede mirar con un ojo al cielo y con el otro a la tierra. Por eso San Antonio abandonó la herencia paterna y la familia para adentrarse al desierto. San Benito dejo estudios y familia para adentrarse en Subiaco. San Francisco se desnudó ante su padre y el obispo como una afirmación de empezaba una vida nueva en Cristo.

Seguramente no se nos pide ahora gestos de ruptura tan radicales, pero la fuga mundi como contestación y rechazo de los valores que en el mundo distraen del recuerdo de Dios, sí. Porque si no estamos atentas, la mentalidad mundana de poseer y disfrutar, también llega a los monasterios. Y queremos tener la mejor comida, el trabajo más agradable y reconocido, que no nos falte el ordenador, el teléfono, las amistades más generosas con nuestros caprichos o con nuestras familias, etc. Y esa no es la vida nueva.

La vida nueva es una ruptura con todo eso, con todos estos valores que no tienen más horizonte que aquí abajo. Que no miran ni entienden el misterio de Dios, que han olvidado la vida en familiaridad con Dios y el futuro de hijos en el Hijo al que nos llama.

Eso es, sin embargo, a lo que invita san Benito a sus monjes al admitirles a la profesión monástica: a renunciar, a salir de este mundo contaminado de valores terrenos y falsos, para vivir la vida de otro modo y anticipar otro mundo, el de los valores del Reino de Dios. Lo cual significa morir al hombre viejo para vivir como hombres nuevos en Cristo. “Estar en el mundo sin ser del mundo

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