San Benito nos da unas pautas sencillas, pero muy profundas, para que nuestra relación con Dios, a través de la oración, sea un diálogo de amistad que brote del corazón y vaya transformando nuestra vida en una existencia plena, auténtica y veraz, que rezume la paz de los hijos de Dios y sea un signo de lo que debe estar en primer lugar en nuestra escala de valores, que no es otra cosa sino la vida en Dios. Así lo expresa san Pablo cuando exhorta a los Filipenses: Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis acordes por la fe del Evangelio (Flp. 27)
Una vida en Dios en la que la prioridad es el trato con Él, que ha de darse en todo momento. Al igual que respiramos y llenamos nuestros pulmones del oxígeno que nos da la vida natural, la oración nos abre a la Vida con mayúsculas, la que no tiene fin, porque provine de la fuente de Vida que es Cristo, como Él mismo nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6). Él nos guía y acompaña para que no perdamos el rumbo, el horizonte que se nos abre cada día y da sentido y plenitud a nuestra existencia.
Este es el paso previo, la actitud que nos llevará a adquirir una verdadera vida interior con Jesús. Una oración que brota del corazón, desde lo secreto, movida por el Espíritu Santo, que tiene su alimento en el Sacramento de la Eucaristía y que se hace alabanza en el coro monástico, al ritmo de la Palabra, hecha canto y silencio meditativo, oración unida a toda la Iglesia, por el mundo entero.
El primer espacio y recinto de oración ha de ser nuestro corazón, si lo tenemos bien preparado, podremos orar en espíritu y verdad ya estemos en el silencio de nuestra habitación, de una capilla, de una iglesia, o estemos en medio de la multitud o de las múltiples ocupaciones.
De una cosa podemos estar bien seguros, Dios nos espera en lo profundo de nuestro ser, donde ocupa un espacio que solo Él puede llenar.
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