CAPÍTULO ABADESA PRESIDENTA




M. Kandida Saratxaga, Abadesa Presidenta (2013)


CAPITULO LIX
LOS HIJOS DE NOBLES O DE POBRES QUE SON OFRECIDOS

Si quizás algún noble ofrece su hijo a Dios en el monasterio, y el niño es de poca edad, hagan los padres la petición que arriba dijimos, y ofrézcanlo junto con la oblación, envolviendo la misma petición y la mano del niño con el mantel del altar.
En cuanto a sus bienes, prometan bajo juramento en la mencionada petición que nunca le han de dar cosa alguna, ni le han de procurar ocasión de poseer, ni por sí mismos, ni por tercera persona, ni de cualquier otro modo. Pero si no quieren hacer esto, y quieren dar una limosna al monasterio en agradecimiento, hagan donación de las cosas que quieren dar al monasterio, y si quieren, resérvense el usufructo.
Ciérrense así todos los caminos, de modo que el niño no abrigue ninguna esperanza que lo ilusione y lo pueda hacer perecer, lo que Dios no permita, como lo hemos aprendido por experiencia.
Lo mismo harán los más pobres. Pero los que no tienen absolutamente nada, hagan sencillamente la petición y ofrezcan a su hijo delante de testigos, junto con la oblación.

Buena parte de las reglas monásticas antigua tomaban en consideración el caso de la acogida de niños en el monasterio por cuestiones de formación en las enseñanzas cristianas y en el temor de Dios. Sin embargo, solo al llegar a la edad adulta, era la decisión del joven la que validaba dicha entrada jurídicamente.

Sin embargo, san Benito introduce, en este capítulo, una grave innovación porque, aunque el ofrecimiento del niño haya sido hecho por sus padres, dicha oblación tiene para el niño una validez irrevocable. Es una verdadera profesión monástica y, por lo tanto, tiene su misma validez sagrada: el mismo carácter de ofrecimiento total a Dios. Por eso, como en una profesión en el momento del ofertorio se lee la carta de profesión y se firma ante el altar, en el caso de los niños se envuelve su mano en mantel del altar y se deposita la carta que regula las cuestiones patrimoniales a las que se compromete el y su familia de por vida.

Pero lo que más llama la atención de este capítulo es clara concepción de San Benito de que la entrada en el monasterio, la profesión monástica es una ruptura total con los valores del mundo. La renuncia al mundo es una salida de la mundanidad que olvida a Dios, una salida de la pasión por tener cosas; una salida de un modo de vivir que solo anhela poseer, disfrutar, divertirse… Decía abba Isaías que no se puede mirar con un ojo al cielo y con el otro a la tierra. Por eso San Antonio abandonó la herencia paterna y la familia para adentrarse al desierto. San Benito dejo estudios y familia para adentrarse en Subiaco. San Francisco se desnudó ante su padre y el obispo como una afirmación de empezaba una vida nueva en Cristo.

Seguramente no se nos pide ahora gestos de ruptura tan radicales, pero la fuga mundi como contestación y rechazo de los valores que en el mundo distraen del recuerdo de Dios, sí. Porque si no estamos atentas, la mentalidad mundana de poseer y disfrutar, también llega a los monasterios. Y queremos tener la mejor comida, el trabajo más agradable y reconocido, que no nos falte el ordenador, el teléfono, las amistades más generosas con nuestros caprichos o con nuestras familias, etc. Y esa no es la vida nueva.

La vida nueva es una ruptura con todo eso, con todos estos valores que no tienen más horizonte que aquí abajo. Que no miran ni entienden el misterio de Dios, que han olvidado la vida en familiaridad con Dios y el futuro de hijos en el Hijo al que nos llama.

Eso es, sin embargo, a lo que invita san Benito a sus monjes al admitirles a la profesión monástica: a renunciar, a salir de este mundo contaminado de valores terrenos y falsos, para vivir la vida de otro modo y anticipar otro mundo, el de los valores del Reino de Dios. Lo cual significa morir al hombre viejo para vivir como hombres nuevos en Cristo. “Estar en el mundo sin ser del mundo

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