COMENTARIO a la RB, abadesa presidenta




M. Eugenia Pablo Esteban, Abadesa Presidenta (28 de marzo de 2025

IV DOMINGO DE CUARESMA – CICLO C – 2025

Jos 5,9a.10-12; Sal 33,2-3.4-5.6-7; 2Co 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32; RB 48

 La vida monástica tiene todo lo necesario para que los monjes puedan desarrollarse a todos los niveles necesarios para que la persona vaya creciendo en madurez humana y espiritual. Lo podemos ver en nuestros monasterios y compartir en momentos como el último capítulo de la Congregación. Pero esto no quita el que la realidad que hoy experimentamos parezca nublar, por la fragilidad que experimentamos, todos estos ingredientes de una vida plenamente vivida desde Dios y en Dios.

En el capítulo de hoy, san Benito nos alerta de la ociosidad. Su sabiduría creciente con los años le hace constatar que mediante el trabajo, el monje huye de esta tentación de estar muy ocupado en no hacer nada, como nos dice san Pablo[1], situación que califica como enemiga del alma. El trabajo nos mantiene en un saludable equilibrio de espíritu y de cuerpo, y ejercita y desarrolla las distintas facultades que Dios nos ha dado, siguiendo el ejemplo del mismo Cristo, proclamando la dignidad del trabajo que asociamos a la obra del Creador.

¿No sería esta ociosidad la que tentase y ocupase al hijo menor? Una ociosidad que le lleva hasta el aburrimiento de su vida junto al Padre, haciéndole buscar otros lugares fuera de la casa paterna.

Nos dice Isaac de la Stella: Si quieres conocerte a ti mismo y dominarte, entra en ti mismo y no te busques fuera... Entra pues en ti mismo, pecador, entra donde existes verdaderamente: en tu corazón. En el exterior, eres un animal, a imagen del mundo...; dentro, tú eres un hombre, a imagen de Dios (Gn 1,26), y por tanto capaz de ser deificado.[2]

Pero el hijo mayor tampoco está lejos de esta tentación de “aburrimiento de su vida ordinaria junto a quien es para él más señor que padre”, aunque aparentemente sea el más fiel cumplidor en cualquier tarea.

Nos dice el papa Benedicto XVI, que en esta parábola lo que está en juego es revivir nuestra vocación sobre-natural de hijos de Dios, más allá de todas nuestras muertes: sea la del pecado pródigo del hijo pequeño, como la de la religión del deber demasiado mercenaria, propia del hijo mayor. En la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.»[3]

Así debemos vivir nuestra vida en el monasterio, con el gozo de saber que estamos en la Casa de nuestro Padre, que nos ama mucho, y más que mucho, infinitamente, algo que no podemos medir. Así podremos estar contentos de cada “vuelta a casa” de nuestros hermanos, de cada “acontecimiento” por el que Dios nos muestra su amor providente para todos y cada uno, hasta para quien creemos que es el más pecador y no se merece tanto regalo.

Que nuestra vida sea un fiel reflejo de nuestro ser hijos e hijas de Dios, lo que debe darnos todas las alegrías en este mundo esperando las del Cielo.



[1] 2 Tes. 3, 6

[2] Isaac della Stella, Sermón 2 por Todos los Santos n. 13-2

[3] Benedicto XVI, Jesús de Nazareth I




M. Kandida Saratxaga, Abadesa Presidenta (2013)

MEDITACIÓN PARA LA SEMANA SANTA
La espiritualidad del Oficio Divino afirma que la finalidad del mismo es la santificación del tiempo. Para ello nos reunimos 7 veces al día para recordar explícitamente a Dios, al mismo tiempo que recordarnos que todo nuestro tiempo es santo, es decir, tiempo de Dios; y que por lo mismo, tiene que estar dedicado a Dios y a la alabanza de su amor.
Pues bien, si todo el tiempo para el cristiano es santo, ¿cuánto más esta semana que vamos a comenzar y a la que la tradición de la Iglesia ha llamado la semana santa por excelencia? Semana Santa. Santa en primer lugar, porque vamos en ella a hacer memoria, casi en tiempo cronológico, de los últimos días de Jesús en nuestra carne humana. Pero santa, sobre todo, porque en esos acontecimientos últimos de la vida y muerte de Jesús, Dios Padre se nos va a revelar como Amor hasta el extremo, como auto donación  de amor al hombre hasta consentir en la muerte de su Hijo por nosotros. En esto radica la santidad de esta semana,, aquí radica el asombro agradecido del creyente. Por ello nos viene a la memoria el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia:

Mirad los escépticos, pasmaos y anonadaos; porque en vuestros días estoy realizando una obra tal que no os la creeréis, aunque os la cuenten.
Si, hermanas, esa es la semana de la gran obra de Dios, este es el amor hasta la muerte que revela el corazón de la Trinidad. Por eso, cuando el Viernes nos muestren por 3 veces solemnemente el crucifijo y nos proclamen: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”, ojalá Dios nos conceda la inteligencia espiritual de creyente que al mirar la cruz sabe ver hasta dónde llega el amor de Dios.

Y para vivir con profundidad espiritual esta Semana Santa no tenemos que hacer nada extraordinario: basta que nos dejemos guiar por la liturgia de la Iglesia y acompañemos a Jesús en los últimos días en la tierra. Acompañarle con el afecto más tierno de nuestro corazón en los días previos a su prendimiento, cuando el “poder de las tinieblas” –como dicen san Lucas- estaba tramando su muerte. Acompañarle con la intimidad del amigo en la última cena con sus discípulos y aprender a lavar y a dejarnos lavar los pies. Acompañarle en su angustia “con gritos y lágrimas de Getsemani, y acompañar también a María al pie de la cruz. Y después esperar, no ante la tumba vacía, sino en el huerto de nuestro corazón donde habita la esperanza cierta de su resurrección.

Semana Santa. Semana para contemplar las grandes verdades de nuestra fe y asentarnos definitivamente en la alegría y en la paz pascual. Porque a pesar de las grandes pruebas, injusticias y sufrimientos que dominan ahora las realidades del mundo, la muerte y resurrección de Cristo Jesús es la prueba definitiva del amor de Dios, del triunfo de la vida, de la victoria del bien sobre el mal. Por eso después de leer, meditar y rezar las narraciones de la Pasión del Señor, ¡ qué consolador resulta recordar  sus palabras!

Os digo esto para que, unidos a mi, tengáis paz: en medio del mundo tendréis luchas, pero ánimo, que yo he vencido al mundo”
Solo así podemos denominar “santa” a esta semana, sólo así podemos anonadarnos ante Dios, porque tanto sufrimiento, tanta maldad, tanta injusticia, no acaba en muerte sino en vida. Porque Dios todo lo convierte en VIDA.

CAPÍTULO 49 DE LA REGLA DE SAN BENITO 

De la observancia de la Cuaresma
La Santa Cuaresma es para San Benito el tiempo modelo. El tiempo ideal de la vida del monje, un tiempo en el que intentamos vivir con profundidad lo que deberíamos vivir a lo largo de todo el año.
Es, pues, una nueva oportunidad que se nos ofrece para revisar nuestra existencia, nuestras actitudes, nuestro vivir cotidiano, a la luz  de una más viva reflexión sobre el amor que Dios nos tiene. Se trata de intentar vivir durante este tiempo en una cada vez más profunda conciencia del personal del admirable amor de Dios para con nosotras y de la pequeña respuesta que le damos.
Todas sabemos, y creemos, que el perdón de Dios borra todos los pecados. Que nuestros pecados una vez confesados, y perdonados, no conviene ser ni recordarlos: deben abandonarse en la región del olvido. Y sin embargo, para San Benito, y toda la tradición monástica, el perdón no seca la fuente de las lágrimas.
… que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. (RB. 49, 2-3)
La oración con lágrimas y la compunción / dolor de corazón  que nos reclama aquí  san Benito, va más allá de la penitencia  y del dolor por los pecados. La compunción, las lágrimas, son el fruto de una gracia especial de Dios que nos deja conocer nuestros límites a través de nuestros pecados para que así calibremos  hasta dónde podemos llegar en nuestro egoísmo, hasta dónde podemos caer en nuestras autosuficiencias, qué condenación merecemos si Dios no nos hubiese salvado.
Pero, por otra parte,  es la gracia también de percibir claramente  qué grande es la majestad de Dios y qué pronto nos olvidamos de sus misericordias. Qué infinita es su sabiduría para guiar nuestra vida y como siempre nos cuesta seguir sus planes. Cómo nos ha cuidado y protegido con amor durante toda nuestra vida y qué respuesta a ese amor más mezquina ha recibido de nuestra parte.
Este conocimiento experimentado y vivo del amor de Dios nos debe provocar dolor, luto, compunción, pena, porque nos damos cuenta de que “no somos más”, que aún nos falta mucho para llegar a ser la monja que Dios espera de nosotras. Y como decía una canción de mi época juvenil, experimentamos vivamente “que aún no soy yo, que aún no soy yo”.
Y sin embargo, estas lágrimas, este dolor, no lo provoca una emoción de tristeza, sino la emoción de una intensa alegría. Sentimos dolor, nos duele nuestra pequeñez, porque experimentamos vivamente el amor de Dios y eso es un gran gozo. Son, pues,  lágrimas de alegría y dulce dolor de corazón por  sabernos salvadas absolutamente por gracia; porque Dios es bueno y nos ama. Nada más.
Para conservar este gozoso dolor, esta conciencia del amor de Dios siempre más grande, san Benito nos dice que necesitamos remover los obstáculos que nos lo puedan amortiguar tales como la frivolidad, la risa estrepitosa y toda chabacanería. Y crear un ambiente favorable: pobreza, soledad,  lectio y la oración, y cómo no, la práctica de las penitencias exteriores.

Pidamos, pues, que Dios nos regale en esta Cuaresma el gozo de esas lágrimas, fruto de un corazón que se siente inmensamente amado y que sabe que nunca llegará a agradecer convenientemente tanto amor.


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