Queridas Hermanas y hermanos:
Quiero comenzar este saludo navideño con las palabras de la calenda del día de Navidad,
“os anunciamos una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo, escuchadla con corazón generoso”. De esta forma recibimos un año más la invitación a dejarnos sorprender de nuevo por el gozo de sabernos amados por Dios hecho hombre. Esta certeza vivida desde la fe nos abre el corazón y la mente a vivir en esperanza. Una invitación a tener despierta nuestra existencia para acoger, una vez más, el Misterio de la vida en Cristo.
Este año hemos vivido acontecimientos en la Congregación que nos animan a caminar confiando en que el Señor guía nuestras vidas, acogiendo la fragilidad, que vivida en Él, es también una riqueza, pues de lo pequeño Dios hace cosas grandes.
Sta. Gertrudis nos anima a hacerlo desde su propia experiencia:
Aquella noche santísima… que a manera de
un rayo (de sol) dio a luz la Virgen a su hijo, verdadero Dios y hombre. En un
instante me pareció que se me ofrecía en un lugar del corazón un cierto niño
como nacido en ese momento, en el que se encontraba oculto el don de la mayor
perfección y la dádiva más preciosa. Mientras lo tenía dentro de mi alma
parecía haberse transformado toda ella en el mismo color que él… Recibió mi
alma cierto conocimiento inefable de aquellas palabras que destilaban dulzura: “Dios
lo será todo en todas las cosas” (El
mensajero de la ternura divina, Libros 1-3).
Y nuestra Venerable M. Mª Evangelista nos dice así: Mira, yo soy amigo de lo pobre y vil, y
hacia eso me inclino más. Es ahí donde nazco para que vean cuán grande soy.
¿Qué piensas que es nacer y estar yo concebido en un alma? Eso significa estoy
yo realizando mis obras en ella y conservándolas en tu corazón. Es hacer una renovación
de lo que yo hice en mi Madre: esto es nacer y esto es concebirme por gracia y
por obra de Espíritu Santo, como obró entonces, ahora también obra y asiste en
esta mi obra. Y por Él se realizan muchas cosas. No conocen los hombres estas
obras mías, y estos caminos míos que son para ellos oscuros porque no son obras
suyas sino mías, y son obras grandes de
vida y de solo mi poder (Misericordias
Reveladas n. 51)
Con estos sentimientos, finalizaremos estos días del
Tiempo de Navidad el jubileo de la esperanza que hemos vivido unidas a toda la
Iglesia. Pero no por ello podemos permitirnos el lujo de dejar de seguir
esperando. Hemos de seguir confiando en que el Dios que vino, viene y vendrá,
es nuestro compañero de camino, el que ilumina nuestra existencia y la llena de
sentido, el que seguirá haciendo su obra en nosotras. Así podremos abrir
nuestro corazón para seguir acogiendo la luz que nos trae cada mañana, para ser
nosotras, a su vez, una pequeña luz de esperanza que alumbre el desánimo, el
sinsentido que podemos experimentar por el cansancio o la fragilidad que nos
puede traer la vida.
Por esto, Hermanos, alegrémonos, hagamos fiesta y celebremos
la mejor noticia de toda la historia de la humanidad, que Jesús se ha hecho
hombre y camina con nosotras.
¡Feliz Navidad para todos! ¡Feliz Navidad para cuantos
nos están unidos en la caridad! ¡Feliz Navidad para el mundo entero!
Sor Eugenia Pablo
En un mundo que parece no esperar nada porque cree tenerlo todo, es importante que los que estamos llamados a ser presencia de Dios en el mundo seamos esa luz que refleja lo que está por llegar, lo que aún nos queda por esperar.
No debemos caer en el conformismo del que cree tener lo que necesita para vivir, porque hemos de anhelar y esperar lo que nos da la verdadera vida, lo que de verdad merece la pena.
Ni tampoco podemos caer en la desesperanza y la angustia del que desea sin saber claramente dónde ha de fijar los ojos de su deseo para no perderse en lo banal, sino que aspire a lo que de verdad merece la pena, lo que da valor a nuestra existencia aquí y ahora, en la espera de lo que ha de venir.
San Benito nos enseña a vivir así, en la esperanza de sabernos queridos, amados por Dios, en su infinita misericordia. Para el monje la esperanza no es algo pasivo, sino un camino que trabaja el presente con la mirada puesta en el futuro que nos hace aguardar con gozo el Reino, que se va construyendo a través de la oración, la lectura de la Palabra, la vida de servicio y caridad comunitaria, confiando en que Dios siempre nos espera también. Siempre aguarda que nuestro deseo nos lleve a descubrir su Rostro, presente en la realidad que nos rodea, en los hermanos y hermanas que nos acompañan en el camino de la vida. Un camino hecho de humildad y perseverancia, en la fidelidad y la confianza de saber que la esperanza en Dios nunca nos defrauda. Aunque, eso sí, hay que saber esperar...
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