La solemnidad
del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos sitúa en el corazón mismo del
misterio cristiano: la entrega total de Cristo que se hace alimento para su
pueblo. No celebramos únicamente una doctrina, sino una presencia viva que
sostiene la Iglesia en su camino.
“No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran
los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de
todos los espirituales carismas. En la Iglesia se ofrece por vivos y muertos,
para que a todos aproveche, ya que por la salvación fue instituido.
Nadie es, por tanto, capaz de expresar la suavidad de este sacramento,
gracias al cual puede disfrutarse, en su propia fuente, la dulzura espiritual,
y asimismo en él se conmemora aquella incomparable caridad que Cristo mostró en
su pasión. Por la cual, para que la inmensidad de ese amor se grabara más
hondamente en los corazones de los fieles, en la última cena, cuando se hallaba
a punto de pasar de este mundo al Padre, después de celebrar la Pascua con sus
discípulos, instituyó este sacramento, como memorial perenne de su pasión, como
cumplimiento de las antiguas figuras y el mayor de los prodigios: dejarles en
la tristeza de su ausencia un consuelo único”[1].
Oh Dios, que en este sacramento
admirable nos dejas el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar
de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que
experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que
vives y reinas con el Padre. Amén.

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