En esta
solemnidad, se despliega ante nosotros el mural de la vida íntima de Dios. Y
aunque no vemos nada, porque es normal, Dios es cegador, sin embargo, intuimos
algo definitivo: Dios es amor, no es solitario, vive en compañía, en comunión
divina. Y gracias a ese amor infinito que Dios es en el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, nosotros hemos recibido la salvación.
¡No podemos
hacer otra cosa que contemplar ese inagotable panorama! La gloria, la alabanza,
la bendición y la acción de gracias son las únicas palabras dignas y humildes
que podemos pronunciar ante Dios Trinidad.
“Te invocamos[1], Trinidad santa. La invocamos para que
nos escuche, para que nos libre de los enemigos que nos odian y persiguen. La
invocamos para que nos restablezca en nuestra herencia, nos lleves a tu reino,
y mejor aún, para que seamos tu reino, y
así se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo"[2].
¡A ti, pues,
te invocamos, te adoramos, te alabamos, oh bienaventurada Trinidad![3].
Te alabamos porque nos has hecho, y no nosotros a nosotros mismos[4].
¡Sea grata en tu presencia la alabanza de nuestro corazón y de nuestros labios!
Que te sea grata, Señor, nuestra alabanza, y nosotros merezcamos ser asociados
al coro de los que verdaderamente te alaban, los perfectos adoradores. De los
que dice la Escritura: He puesto sobre
tus murallas, Jerusalén, vigías, que ni de día ni de noche dejarán de alabar al
Señor[5]. (S. Elredo de Rieval, Serm.
130,6.12).

No hay comentarios:
Publicar un comentario