San Bernardo nos
entrega sus vivencias más íntimas en la celebración de la Cuaresma con sus
hermanos los monjes y con toda la Iglesia. Parte con todo el pueblo de Dios que
peregrina en el destierro de la cautividad hacia la Pascua de la liberación,
mediante la purificación del amor. Y la fuerza misteriosa de esta purificación
la encuentra en el poder «sacramental» de la Palabra y en los simbolismos de
los sagrados Misterios.
Ante todo, la
Cuaresma es una resonancia fuerte y extraordinaria de la Palabra en las celebraciones litúrgicas y en la lectura privada,
que quiere una actitud de atenta escucha y entraña su virtualidad operante en
nuestros espíritus[1].
Es un tiempo
santo para la conversión, entrando en
lo más profundo del corazón, abatiendo los hábitos contraídos, interiorizando
la Palabra, «sacramental».
Debemos convertirnos al Niño que se nos ha dado,
por la humildad de nuestro corazón[2]; y
al Maestro, para que no tengamos el corazón lejos de él.
La conversión
radica en el corazón[3].
Esta debe ser la conversión monástica,
para que la tibieza no nos lleve a la apostasía del corazón, para llegar a la
pureza de vida monástica, guardando la unidad, amando la paz y la fraternidad[4].
La conversión es
un don de Dios que requiere la oración
cuaresmal, en “espíritu”; ésta es escuchada por Dios gracias a su alianza de
paz, a su pacto de compasión y a su acuerdo de misericordia[5].
Y con la
oración, ayuna el amor, con devoción
y fervor[6],
más de los vicios que de los alimentos[7]
con el gran «sacramentum» del ayuno eclesial[8].
Ayunamos con la pobreza voluntaria[9] y
con una vigilancia triple para
abrirnos al escrutinio de Dios, que contempla nuestras íntimas intenciones; de
los ángeles, que ven nuestras pasiones interiores, y a la convivencia de los
hombres, que miran nuestro comportamiento exterior[10].
Luchamos contra
el Tentador confiadamente[11];
en comunión con el combate de Jesús en el desierto[12],
mediante la equilibrada penitencia del
cuerpo y del corazón[13].
Así entramos en la corriente salvífica de la Cuaresma con Cristo[14],
que nos salva por pura gratuidad[15],
gracias a la misma «cuaresma» de Cristo que así nos cristifica[16].
[1] Sept. 1,2.
[2] Cf. S. Bernardo, Cuar. 2,1
[3] Ibid., Cuar. 4,5.
[4] Ibid., Cuar. 4,2.
[5] Serm. Sal. SIXC 16,1.
[6] Serm. Cuar. 3; 4,2-6; SIXC 5,1.
[7] Ibid., Cuar. 2,4; 3,7.
[8]Ibid., Cuar. 3,1.
[9] Serm. Sal. SIXC 3,4.
[10] Ibid., 15,3-4.
[11] Ibid., 2 y 3.
[12] Ibid., 6,5.
[13] Ibid., 15,1.
[14] Cuar. 1,2.
[15] Serm. Sal. SIXC 14,3.
[16] Cuar. 1,1; 3,3.

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