23 may 2026

Solemnidad de Pentecostés

 

     Pentecostés, la invasión del Espíritu, sigue siendo un acontecimiento que merece una celebración gozosa y ferviente. Un día iluminó las mentes de los discípulos con una luz nueva, y los llenó de una energía invencible. Y este prodigio se repite hoy mismo en nosotros, porque también hoy actúa el Espíritu en cada uno de los cristianos.

Pero la obra del Espíritu no es algo mágico y espontáneo. Es una tarea larga y paciente. Una reeducación total del hombre que se decide a adaptar y conformar su vida a la de Cristo. En la escuela del Espíritu debe pasar de carnal a espiritual. De insensible a las maravillas de Dios en el mundo y ansioso de saciarse con la carne, debe llegar a liberarse de todo eso y dedicarse a la búsqueda de Cristo. Esto supone renovar toda su vida bajo la dirección del Espíritu Santo como norma suprema de su existencia, y acoger el espíritu de purificación y perdón, de rectitud en el pensar y en el amar.

“Enciende, Señor este fuego en nuestros corazones, para que, ardiendo e iluminados por él siempre te contemplemos en nuestro espíritu a ti, Creador de todas las cosas, para que purificados por este fuego de toda mancha de vicios, merezcamos a la luz de este fuego llegar a la luz eterna, en la que brilla la luz y está la vida eterna. Dígnate concedérnoslo, Señor Dios, Espíritu Santo, luz y recompensa, que con el Padre y el Hijo vives y eres glorificado por todos los siglos de los siglos. Amén”[1].



[1] San Elredo, Serm. 127 en el día de Pentecostés.

No hay comentarios:

Publicar un comentario