Pero la obra del
Espíritu no es algo mágico y espontáneo. Es una tarea larga y paciente. Una
reeducación total del hombre que se decide a adaptar y conformar su vida a la
de Cristo. En la escuela del Espíritu debe pasar de carnal a espiritual. De
insensible a las maravillas de Dios en el mundo y ansioso de saciarse con la
carne, debe llegar a liberarse de todo eso y dedicarse a la búsqueda de Cristo.
Esto supone renovar toda su vida bajo la dirección del Espíritu Santo como
norma suprema de su existencia, y acoger el espíritu de purificación y perdón,
de rectitud en el pensar y en el amar.
“Enciende, Señor este fuego en nuestros corazones,
para que, ardiendo e iluminados por él siempre te contemplemos en nuestro
espíritu a ti, Creador de todas las cosas, para que purificados por este fuego
de toda mancha de vicios, merezcamos a la luz de este fuego llegar a la luz
eterna, en la que brilla la luz y está la vida eterna. Dígnate concedérnoslo,
Señor Dios, Espíritu Santo, luz y recompensa, que con el Padre y el Hijo vives
y eres glorificado por todos los siglos de los siglos. Amén”[1].

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