Estas
palabras, referidas a Moisés, se aplican hoy -con gran acierto a mi modo de
ver- al bienaventurado patriarca Benito, el cual, hallándose lleno del espíritu
de todos los santos, con mucha mayor razón hemos de creer que estuvo dotado del
espíritu de Moisés. Si el Señor tomó del espíritu de Moisés y lo infundió en
aquella multitud de ancianos llamados a compartir su ministerio en calidad de ayudantes,
cuánto más lo infundió en éste, que desempeñó en plenitud la totalidad del
ritual. Aquél
fue libertador de los cautivos de Egipto, éste lo es de los que renuncian al
mundo. El primero fue legislador, también lo fue el segundo; aquél fue solamente
ministro de la letra que mata, éste, del espíritu que vivifica. Moisés, a causa de la dureza de corazón de los
judíos les impuso prescripciones desprovistas de bondad, exceptuando algunos
preceptos morales; Benito estableció una disciplina sencilla, penetrada toda
ella de la pureza del Evangelio. El primero escribió muchas cosas difíciles de
entender, imposibles de hacer o al menos inútiles; el segundo nos dejó escrita
una Regla, rectísima norma de vida, de lenguaje claro, notable por su
discreción. Finalmente, aquel jefe de los hijos de Israel, a quienes saco de
Egipto, no logró introducirlos en la tierra prometida; nuestro jefe, abanderado
de los ejércitos monásticos, nos precede hoy, por un camino recto -el camino
del oriente- en nuestro andar hacia el reino de los cielos.
(Serm. 25. Beato Guerrico, abad).
Dios Padre
todopoderoso, en esta solemnidad de Nuestro Padre San Benito, concede a todos
los monjes y monjas sentir el gozo de haber sido llamados a la vida monástica y
haz que los que son llamados a seguir su carisma, respondan con prontitud y
generosidad a la llamada del Señor. Une también nuestra oración a la de tantas
almas buenas para que junto con ellos te alabemos y busquemos tu gloria siempre.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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