19 dic. 2015

LA TÓNICA DE LA LITURGIA EN ADVIENTO



"Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo,
 abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad,
 ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!"

Esperar al Señor que ha de llegar, es el contenido trascendental del tiempo del Adviento, que precede a la celebración de Navidad. La liturgia de este tiempo está llena de esperanzas por la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectativa que comenzaron en el instante mismo de la caída de nuestros primeros padres.

En  aquel momento, Dios anunció la venida de un Salvador. La humanidad estuvo desde entonces, pendiente de esta promesa y este tema adquiere  tal importancia, que requiere la concreción religiosa del pueblo de Israel. Esta se reduce, en uno de sus puntos principales, a la espera del Señor.

Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos del Antiguo Testamento. De este contexto de expectación, tomará la Iglesia las expresiones deseosas, vivas y adecuadas para la preparación del misterio de la “nueva Natividad” del Salvador Jesús.

En el punto destacado de esta expectación, se encuentra en la Santísima Virgen María. Todos aquellos anhelos culminan en Ella, la que fue elegida entre todas las mujeres para formar en su seno al verdadero Hijo de Dios.

Sobre Ella se ciernen los profecías antiguas, (más concretamente las de Isaías); Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor. La invoca sin cesar la Iglesia en el tiempo de Adviento por lo que se convierte en auténtico Tiempo de María, ya que por Ella hemos de recibir a Cristo. Nada, pues, más a propósito que la contemplación de María en los sentimientos que Ella tendría en los días inmediatos a la natividad de su  Hijo.

Si todos los hombres justos del Antiguo Testamento desearon ardientemente la aparición del Salvador del mundo ¿Cómo serían  los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenia la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas?

Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir cuál fue su gozo cuando Ella vio que sus deseos y los de todos los siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, aquel sobre quien se fijan los ojos de todos en el cielo y en la tierra y lo miran como a su libertador.

María presenta, para nosotros  hoy como siempre, esa actitud de espera serena, confiada y gozosa que debemos tener ante la venida del Señor. Toda nuestra vida debe ser una expectación continua. El modelo de esta actitud, lo ofrece María. 

María está en la cúspide de esta esperanza. Con María la esperanza es completa, se hace firme. Unidos a Ella, nuestra expectación será más digna del Gran Señor que va a venir. Eso es lo que se quiere expresar con “La Expectación del Parto”, o “El día de Santa María” como se le llamó también en otro tiempo, o “Nuestra Señora de la O” como popularmente también se le denomina hoy.

"Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos,
ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones,
¡ven a librarnos, no tardes más!"

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