9 ene. 2016

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


Hace menos de tres semanas celebrábamos la venida de Jesús, hecho niño, como parte del pacto de amor entre Dios y los hombres. Hoy en este tercer domingo después de su nacimiento, la Iglesia sella ese pacto con la rememoración del bautismo de Cristo y del nuestro, es decir de cada bautizado. 

            El bautismo nos lleva a la vida pública de Jesús, nos lleva al momento en el que Jesús empieza a advertir en sí mismo, como hombre, que va llegando la hora de hacer público el mensaje que el Padre le ha encomendado.

            Así, nosotros, también como bautizados, debemos hacer pública, con  muestra vida y en nuestra vida la palabra de Dios, la “Palabra de Amor” que Jesús nos hizo posible y de la que ahora, todos los bautizados, somos responsables.

            El bautismo, simbolizado con el agua derramada sobre aquel que lo recibe, nos purifica, nos convierte a una nueva vida, nos compromete y nos señala como hijos de Dios. Cada cristiano debe ser conciente de que esto no es sólo un mero trámite social, so no que es un compromiso de fe, es una respuesta de amor al AMOR que se nos ha manifestado y se sigue manifestando en cada momento de nuestra vida. “Amor sólo con amor se paga”. El año Litúrgico nos lo va marcando y recordando.

            Por bautismo nos reconocemos públicamente hijos de Dios, aceptamos unas normas de vida, unos valores, un nuevo Espíritu que se derrama en nosotros dándonos una nueva y diferente forma de ver la vida, en la que debe primar el amor, la paz, la justicia, la buena convivencia, la comprensión, la bondad, el bien, el sacrificio, todo aquello que nos acerca a ese Dios AMOR.

            Mas para que se dé todo eso, no es suficiente haber sido bautizados, es necesario ser conscientes de ello, y renovar esa promesa bautismal año tras año, día tras día, y manifestarlo con nuestras acciones y decisiones, es decir, con toda nuestra vida y en toda nuestra vida. 

            Sólo haciendo presente el mensaje del bautismo así, en nuestra vida, podremos sentirnos verdaderamente hijos de Dios, y proclamar, como Jesús hizo, el mensaje en el que creemos.



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