27 sept. 2018

LA ORACIÓN MONÁSTICA



              La oración es el perno, el alma de la vida monástica, el centro unificador. Es el hilo continuo que une al moje o monja sólidamente con Dios, es la energía que la anima, la fuerza que estructura su existencia, es el soplido que dilata su corazón y lo abre hasta hacerlo pulsar con el corazón de Cristo, para bien de toda la humanidad. Cierto es que, la oración es también una exigencia fundamental de cada cristiano, pero en la Iglesia, los monjes y las monjas están llamados a desempeñar en manera particular esta misión. Es decir, los monjes ejercitan un quehacer, el orante.  Su servicio primario en este mundo es la oración, sobre todo en la celebración del Oficio Divino, “El Opus Dei”, -como lo denomina San Benito-, al cual nada debe anteponerse, y que debe celebrarse diariamente lo más solemnemente posible.  La celebración de la Eucaristía cotidiana es el momento central de la jornada, es como la luz de un prisma que se proyecta sobre la Liturgia de las Horas, pues en ella se hace presente, en toda su actualidad, el sacrificio redentor de Cristo. Entra, por supuesto, en el ámbito de la oración la Lectio Divina: no como un acercamiento “erudito” a la Palabra de Dios, sino como una lectura orante, que prepara el corazón a la oración litúrgica.

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